Doña Clara es una retirada periodista musical que habita en un departamento frente al mar en la ciudad de Recife, en Brasil. Sobreviviente al cáncer en su juventud, madre de tres hijos y abuela, Clara ve cómo su tranquilidad se termina cuando una inescrupulosa constructora se adueña del edificio en el que ella vive llamado Aquarius, y considerado histórico para la ciudad, siendo ella el único obstáculo para que se concrete un enorme proyecto arquitectónico. Primero por las buenas y después en formas cada vez más amenazantes, la constructora trata de convencer a Clara de rendirse.

Nacido en Recife, Brasil, en 1968, el cineasta Kleber Mendonça Filho hizo una importante aportación al panorama del cine latinoamericano con su estupenda opera prima: Sonidos vecinos (2012). Se trataba del retrato casi hiperrealista de un suburbio de clase media en Recife, al cual la llegada de un equipo privado de seguridad le brindaba una mayor sensación de protección pero también temores profundos. Había también otras historias, las de los muchos vecinos habitantes del lugar, narradas de forma desdramatizada y expresadas en los sonidos del título. Formado en la crítica de cine, Mendonça Filho consolida con Aquarius (2016) una de las miradas más interesantes del cine actual.

El filme se inicia con una serie de fotografías históricas de Recife en los años 60, imágenes en blanco y negro que remiten al bossa nova, a ciudadanos disfrutando de otro tiempo en el cual la vida pasaba más despacio. Ése es uno de los puntos angulares en la estructura narrativa y en la esencia de Aquarius: la confrontación frontal e implacable del pasado con el presente. Más adelante en el filme, Mendonça Filho retoma esas mismas imágenes para filmarlas desde su cámara, en color y en pantalla panorámica, demostrando que Recife preserva esa exuberancia de las imágenes del pasado. El mismo edificio Aquarius es yuxtapuesto constantemente, de día y de noche, con las modernas construcciones que se van erigiendo en la ciudad.

Ese enfrentamiento en lo visual se traspasa a la protagonista. Doña Clara es en sí misma un bastión de una generación que vive bajo un código de valores distintos a los del joven Brasil actual. Su retrato es orquestado por Mendonça Filho a través de tres capítulos, en los cuales se presentan distintos aspectos de su personalidad.

Así, en El cabello de Clara, el realizador se refiere a un momento específico en el pasado de Clara, centrado en el cumpleaños número 70 de una tía cercana. Una mujer reconocida por romper las reglas, una niña-mujer que recuerda la pasión erótica que experimentó con su amante mientras apaga las velas de su pastel. Al mismo tiempo, Clara es reconocida por su entereza como mujer, esposa y madre, al haber sobrevivido un cáncer que se llevó uno de sus senos. Entre ambas mujeres hay una transfiguración.

En el segundo capítulo titulado El amor de Clara, la protagonista, 35 años después de esa noche, es una viuda atractiva que goza de su vida a la orilla del mar, experimentando con el deseo a sus casi 70 años. Una de sus hijas, un poco desesperada ante la tozudez de su madre ante la vida, le dice que es como una niña anciana. El ser sobreviviente de una enfermedad terminal ha hecho a Clara una mujer de una sola pieza, que vive en el aquí y en el ahora, entregada al mar frente a su ventana y orquestando una banda sonora propia en la cual se vislumbra la habilidad de Mendonça Filho para la utilización de la música y el sonido ya explayada en Sonidos vecinos. No es casual entonces que para la nostalgia, Clara se mueva al ritmo de Roberto Carlos, vestida de un verde esmeralda que la funde sensualmente con el entorno de la playa cercana, en medio de un nostálgico aquelarre intimista. O que suene con fuerza Another one bites the dust, de Queen, para reforzar la fuerza interna de Clara. Porque lo cierto es que si alguien va a “morder el polvo”, no será ella.

Y es que en el tercer acto del filme, titulado El cáncer de Clara, la protagonista confronta los planes de la inescrupulosa constructora que la acosa con lo que tiene, que son los valores propios de una mujer que prefiere la voz a un mensaje de texto y que sabe distinguir la fidelidad perfecta en un disco de vinil. Es aquí donde Aquarius se vuelve una parábola del Brasil actual, atrapado en una crisis política y moral provocada precisamente por los intereses oscuros del capital. Un país que silenció a su primera mujer presidente por medio de un diplomático golpe de Estado reciente. Y un capital tan voraz como esas termitas sembradas para destruir el edificio Aquarius. Clara da la batalla sin tregua, porque como dice, es mejor dar un cáncer que padecerlo.

Finalmente, la columna vertebral de Aquarius es la imponente presencia de Sonia Braga, actriz emblemática del cine brasileño, quien aporta a Clara todas las cualidades necesarias para ser un personaje inolvidable; teniéndola a ella, Mendonça Filho rinde homenaje a la historia del cine de su país y a todos los valores que a la actriz le representan: su sensualidad, su fuerza interna, su capacidad de conmover y su voluntad de ser una abuelita a la que los lobos no se podrán comer.

AQUARIUS (Aquarius, Brasil-Francia, 2016). Dirección y guión: Kleber Mendonça Filho. Fotografía en color: Pedro Sotero y Fabricio Tadeu. Música: Ricardo Cutz. Edición: Eduardo Serrano. Con: Sonia Braga (Clara), Maeve Jinkings (Ana Paula), Irandhir Santos (Roberval), Humberto Carrão (Diego), Zoraide Coleto (Ladjane), Fernando Teixeira (Geraldo), Buda Lira (Antonio). Compañías productoras: CinemaScópio Produçoes, SBS Productions, Globo Filmes. Producción: Émile Lesclaux, Saïd Ben Saïd y Michel Merkt.  Duración: 145 minutos. Distribución: Interior XIII. 

* Ver horarios en Cineteca Nacional.

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