A mediados de la década de los 30, el joven Bobby Dorfman arriba a Hollywood para emplearse como asistente de su odioso tío Phil, un exitoso agente relacionado con las más importantes estrellas del cine. Hijo menor de una familia judía de clase trabajadora del Bronx, el protagonista queda fascinado con Vonnie, secretaria de Phil, y con la cual inicia una relación amorosa que fracasa cuando ella le confiesa ser amante de su tío. Decepcionado, Bobby se marcha a Nueva York para abrir un exitoso centro nocturno e iniciar una nueva vida, sin imaginarse que Vonnie reaparecerá para sacudir sus sentimientos de nuevo.

“La vida es como una comedia escrita por un sádico”, dice Bobby Dorfman al confrontarse a su triste realidad como un hombre exitoso ante los ojos de todos, pero anhelante del amor de la mujer que realmente ama. Ha traicionado sus propios principios para transformarse en todo lo que odiaba. Algo recíproco en Vonnie, quien destruyó todas sus ilusiones a cambio de una vida de lujos y fortuna al lado de alguien a quien tampoco ama.

Pero Café Society (2016), el filme número 46 de Woody Allen como realizador, no es una comedia tradicional que pretenda dejar contento a sus espectadores. Las decisiones vitales de sus protagonistas no tienen vuelta atrás, prefiriendo la mediocridad por encima de sus expectativas. Esta capacidad de retratar sin concesiones a la condición humana, es lo que sigue haciendo de Woody Allen un artista imprescindible.

Café Society es una película sobre el cine dentro del cine. Woody Allen enmarca la historia en el contexto del Hollywood de los años 30. Nunca aparecen, pero se mencionan a personalidades como Bette Davis, Joan Crawford, Errol Flynn o Gary Cooper, entre otros, no como las estrellas inalcanzables del cine sino como engranajes de la gran industria.

Más allá de los decorados, el vestuario o los acompañamientos musicales de la época evocados por Allen, el pilar del filme es la labor fotográfica del mítico cinefotógrafo italiano Vittorio Storaro (Apocalipsis Now, El último emperador), quien convierte a Hollywood en un paisaje de tonos dorados, otros ámbar, un entorno dulzón como la vainilla donde pareciera que todo es posible, desde encontrar una carta de amor firmada por Rodolfo Valentino hasta cenar con amigos como Louis B. Mayer o William Wyler. Es el Hollywood mítico con el cual Woody Allen se formó durante su infancia y juventud, lo cual no quiere decir que su espíritu crítico se adormezca ante la nostalgia. Por el contrario, el cineasta retrata sin piedad el abuso del poder, el egocentrismo sin límites y el hambre de triunfo ante los otros que la mayoría de quienes habitan este mundo padecen.

De nuevo, apoyado en el extraordinario trabajo de Storaro, Allen se traslada a Nueva York para contrastar a Hollywood con la otra Norteamérica. La de la clase media educada que encontraba en el Socialismo una alternativa ante el no tan lejano colapso de Wall Street; y la de los que no son estrellas, los que se parten el lomo diariamente, o bien, la de aquellos que apostaron por la criminalidad para subsistir, como Ben, el hermano mayor de Bobby. Un marco de tonos grises, ocres y marrones rodea al antihéroe romántico de esta historia en su ascenso de “don nadie” a propietario de un exitoso club nocturno, un triunfo cimentado en el otro rostro del “sueño americano”, el de la corrupción, las mentiras y las muertes desalmadas (en el filme aparecen varios asesinatos violentos hasta ahora impensables en una cinta de Woody Allen, mucho más afines al universo criminal de Martin Scorsese).

Café Society es una película de Woody Allen, sin Allen como intérprete. Su esencia está ahora en un buen actor joven: Jesse Eisenberg, quien con sus hombros encogidos, nerviosismo y timidez ante la vida, absorbe su personalidad en una cinta en la cual se vislumbran, a manera de chispazos, referencias al propio universo fílmico del realizador. La fiesta climática de Fin de Año recuerda a esa lujosa celebración al final de Días de radio (1987), mientras que el paseo en góndola de Vonnie y Bobby por el Central Park remite sin remedio al romántico paseo nocturno de los protagonistas de Manhattan (1979). O bien, ese monólogo del padre ante su esposa en el cual afirma que se resistirá a la Muerte y que de morir lo hará bajo protesta, como decía el escudero medieval de El séptimo sello (1956), de Ingmar Bergman, una piedra angular en el pensamiento de Woody Allen. Son palabras mayores, pues para el director de La rosa púrpura del Cairo (1985), quien ha rebasado ya la barrera de los 80 años de vida, el morir no es cosa de risa.

Las imperfecciones y aciertos de Café Society (con subtramas que nunca encajan y una falta de ritmo que convierte lo que en otros tiempos pudo haber sido un estupendo gag, como el de la prostituta novata en una secuencia inacabable, triste y patética) son, por lo tanto, más que señales de vida, un acto de fe para un creador como Woody Allen, quien se resiste a morir sin expresar su más profundo sentir gracias a ese talento tan suyo que parece inagotable.

CAFÉ SOCIETY (Café Society, Estados Unidos, 2016). Dirección y guión: Woody Allen. Fotografía en color: Vittorio Storaro. Música: Canciones varias. Edición: Alisa Lepselter. Con: Jesse Eisenberg (Bobby Dorfman), Kristen Stewart (Vonnie), Steve Carell (Phil), Jeannie Berlin (Rose), Corey Stoll (Ben), Sari Lennick (Evelyn), Anna Camp (Candy). Producción: Letty Aronson, Stephen Tenenbaum y Edward Walson. Compañías productoras: Gravier Productions, Perdido Productions, Amazon Studios. Duración: 96 minutos.

Trailer Café Society
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