En 1973, recién consumado el fracaso militar estadounidense en Vietnam, una expedición se traslada hacia una isla desconocida en los mares del sur. Planeada por una misteriosa organización dedicada a la exploración de territorios desconocidos con presupuestos del gobierno estadounidense, dicha expedición incluye geólogos, oficiales del ejército británico y corresponsales de guerra, custodiados por un escuadrón militar recién desempacado de la guerra reciente. Al arribar a la isla, todos son brutalmente derribados por un enorme simio que destruye sus transportes y los deja vulnerables a los peligros de una tierra olvidada por el tiempo, en la cual todos los animales son de tamaño descomunal. Aunque al principio resulta una amenaza, el simio gigante resulta ser un dios de la isla cuyas acciones revelarán al verdadero monstruo de la aventura, encarnado en el violento coronel Packard, líder del escuadrón militar.

Kong. La Isla Calavera (2016) es la más reciente aparición cinematográfica de una de las criaturas míticas del cine: King Kong. Esta aventura forma parte de una nueva franquicia propiciada por la productora Legendary Pictures para comenzar una renovada serie de filmes de monstruos que comenzó en 2014 con Godzilla, dirigida por Gareth Edwards, y continúa con la presente cinta donde llegará a su clímax cuando ambas criaturas sagradas del cine se reúnan para pelear en 2020.

“Los monstruos existen” es una frase que se repite reiteradamente en la cinta y en la cual se encierra una tesis que pretende revelar la verdadera naturaleza de lo monstruoso, situando a un puñado de seres humanos ante un entorno natural dominado por lo fantástico. La actitud de los protagonistas ante los prodigios que van descubriendo mientras intentan sobrevivir, es lo que define a los monstruos de los que no lo son. La vocación antimilitarista del filme queda clara al confrontar al monstruo Kong, una anomalía de la naturaleza para los humanos mortales, con el obsesivo militar que viene de una vergonzosa derrota de resonancias mundiales y no pretende perder una batalla más contra lo que considera primitivo, valiéndose de todo su poderío militar para lograrlo. La actitud de Packard se asemeja a la propia actitud intervencionista de Estados Unidos durante el siglo XX y lo que va del XXI: lo que empieza como una labor de protección militar, termina por convertirse en una invasión de dimensiones demenciales.

Los demás personajes se debaten entre ambos bandos, particularmente los subordinados del militar, quienes deben permanecer en la misión bajo las órdenes de un tipo que ha perdido totalmente el control de sí mismo. Queda entonces en el noble expedicionario inglés (o sea, no manchado por la prepotencia estadounidense) y la joven corresponsal de guerra (capaz de apreciar tanto los horrores del mundo como la belleza indómita de la Isla Calavera), guiar al espectador hacia una toma de postura pacifista, naturalista y reflexiva hacia el fascinante mundo de Kong.

Moises Arias en la película Los reyes del verano (2013)

Extraído del cine independiente norteamericano, Jordan Vogt-Roberts ya había tocado temas como éstos en su opera prima Los reyes del verano (2013), la historia de un trío de adolescentes que escapan del hastío cotidiano para encontrarse a sí mismos en la soledad de una cabaña apartada del mundo en medio de la naturaleza. Es a través de un personaje, el soldado Hank, quien se quedó varado en la Isla Calavera desde la Segunda Guerra Mundial, donde el realizador amalgama esta misma inquietud acerca del hombre que retoma contacto con su naturaleza en medio de un entorno apartado de la civilización.

Nacido en 1933, de la mano de los cineastas Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, pioneros en el documental de la naturaleza en la década de los 20, King Kong ha asumido distintos roles a lo largo de sus apariciones en la historia del cine. Además, dichas intervenciones han ocurrido en periodos convulsos de la sociedad estadounidense. En la cinta clásica, filmada en los momentos más oscuros de la Depresión, Kong era un monumental recordatorio de la naturaleza salvaje implícita en la civilización, a través de una trágica historia de amor entre el simio y una rubia emblemática de la belleza occidental. En dicho filme, después de ser arrancado de la isla en la cual era un dios, lo salvaje penetraba en la cumbre de la civilización (Nueva York) para hacer su recordatorio. 84 años después, en Kong. La Isla Calavera, lo salvaje civilizado irrumpe en la naturaleza para corromper, destruir y retar a la deidad. Pese a su tono de gran espectáculo hollywoodense, realizada con miles de tics de estilo que en ocasiones desvían a la cinta de su intención original, y a pesar del exceso en combates entre Kong y sus antagonistas de la isla, el filme es una parábola de lo peor del militarismo estadounidense siempre en busca de nuevas víctimas a favor del mundo libre. Un fantasma más presente que nunca en nuestros tiempos y que parece estar condenado al fracaso, pero con el tiempo suficiente para mostrar su rostro más destructivo.

KONG. LA ISLA CALAVERA (Kong. Skull Island, Estados Unidos, 2017). Dirección: Jordan Vogt-Roberts. Guión: Dan Gilroy, Max Borenstein, John Gatins y Derek Connolly, inspirado en personajes creados por Merian C. Cooper y Edgar Wallace. Fotografía en color: Larry Fong. Música: Henry Jackman. Edición: Richard Pearson. Con: Tom Hiddleston (James Conrad), Samuel L. Jackson (coronel Preston Packard), John Goodman (William Randa), Brie Larson (Mason Weaver), John C. Reilly (Hank Marlowe), John Ortiz (Víctor Nieves), Toby Kebbell (Jack Chapman). Producción: John Jashni, Alex García, Thomas Tull y Mary Parent. Compañías productoras: Legendary Pictures, Tencent Pictures. Duración: 118 minutos.

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