Poco después del fallecimiento de su esposa, Zev, un anciano residente en un asilo neoyorquino a causa de su avanzada demencia senil, inicia una cruzada para cumplir con una última promesa que le hizo a ella: encontrar y matar al nazi desalmado que asesinó a su familia durante su internamiento en el campo de exterminio de Auschwitz. Su odisea, guiada a través de una carta escrita por su amigo Max, compañero del asilo con intereses afines, lo lleva hasta Canadá y de nueva cuenta a Estados Unidos, descubriendo tanto el lado más oscuro de la supremacía blanca que repta bajo una sociedad presuntamente liberal como un terrible pasado que su memoria se empeña en ocultar.

Despertar a la pesadilla. En la primera secuencia de Recuerdos secretos (2015), Zev despierta clamando por su esposa Ruth. Se levanta de la cama molesto, porque ella no le responde. Un simple movimiento de cámara hacia atrás revela la verdad: Zev es un residente de un asilo de ancianos y su mujer ha muerto recientemente. El sueño y lo que no lo es. Despertar a una realidad cada vez más trastornada, en la cual la violencia está siempre a punto de estallar y el abandono es lo único que realmente queda por sentir.

Los laberintos de la memoria. Recuerdos secretos, la película número 15 en la filmografía del cineasta canadiense de origen armenio Atom Egoyan, transmite, a través de una concepción impresionista en su propuesta formal, la manera en la cual su atribulado protagonista percibe su realidad inmediata. Valiéndose, en primer lugar, de una sensible interpretación de Christopher Plummer, quien aporta esa permanente sensación de inestabilidad y furia contenida a Zev, el realizador centra su lenguaje en primeros planos asfixiantes que tratan de extraer el dolor o la incertidumbre en los ojos del personaje, a quien también la cámara sigue muy de cerca, como un triste acompañante.

Si Egoyan ha sido un artista particularmente preocupado por la presencia obsesiva de los recuerdos en nuestras vidas (Exótica, 1994) y por cómo conseguimos sobrevivir a una tragedia personal que también puede ser colectiva (El dulce porvenir, 1997), en Recuerdos secretos la memoria del protagonista casi lo ha abandonado por completo, teniendo que recurrir a la privilegiada capacidad de organización del buen Max, quien desde el asilo es su guía. Sin embargo, esto encierra una notable perversidad, pues ser el guía de un desmemoriado aventurero puede prestarse a una cruenta manipulación que esconde muy por debajo, lo que impulsa a la venganza metódicamente planeada. La misma inestabilidad que siente Zev se transmite al espectador, quien cada vez está más inquieto por no saber más que el personaje y compartir con el protagonista las aguas de su laguna mental. También es fascinante que la razón por la cual Zev debe llevar a cabo la misión suicida se debe a que él es la única persona capaz de recordar la cara del asesino de su sangre. Una cruzada entera movida por un semblante en la multitud.

Disfrazada como un thriller orquestado de forma notable por el guionista Benjamin August, Recuerdos secretos también es una inmersión en el lado más radical del racismo anglosajón que, como lo denuncia Egoyan, corre por las venas de una sociedad enfermiza que no tan calladamente sigue alimentando a sus monstruos. Armado y valiéndose por sus propios medios, el fugitivo ángel vengador persigue, además del rostro antes mencionado, un nombre que lo lleva a tres distintos destinos. Primero, con un anciano combatiente alemán que le demuestra, no sin ser amenazado a punta de pistola, que peleó con el Zorro del Desierto Rommel en África y que nada tuvo que ver con Auschwitz. Después, arriba a un asilo de ancianos donde el hombre a quien busca, casi agonizante, estuvo en el campo de exterminio, pero como víctima por ser homosexual.

Lo que sigue lleva al protagonista a los más profundos círculos del infierno, debiendo enfrentarse con un policía, hijo de un alemán recientemente fallecido y afecto a coleccionar memorabilia nazi, quien al descubrir que Zev es judío, lo ataca brutalmente, provocando en el filme un momento ejemplar de cómo conseguir una atmósfera de terror auténtico. Finalmente, el no menos enfermizo encuentro de este con su propio destino, en medio de una hermosa casa de campo, demuestra la capacidad de Egoyan para crear atmósferas siniestras valiéndose de los entornos mismos (la brutalidad que exudan las paredes en la casa del policía, incluso antes de que estalle la violencia contra la paz y tranquilidad que brotan del ambiente en el cual viven aquellos que experimentaron el horror como verdugos).

Recuerdos secretos juega muy bien sus cartas como thriller para expandir su verdadera riqueza al convertirse en una denuncia de ese rencor callado que finalmente estalla como odio hacia el otro y que en Estados Unidos ha tenido repulsivas expresiones recientes, impulsadas por su propio presidente. Para Egoyan, en este mundo en el cual nadie es quien dice ser y donde todos somos tanto víctimas como victimarios, sólo basta mirar al espejo para descubrir el verdadero rostro del lobo.

RECUERDOS SECRETOS (Remember, Canadá-Alemania, 2015). Dirección: Atom Egoyan. Guión: Benjamin August. Fotografía en color: Paul Sarossy. Música: Mychael Danna. Edición: Christopher Donaldson. Con: Christopher Plummer (Zev Guttman), Bruno Ganz (Rudy Kurlander), Jürgen Prochnow (Rudy Kurlander), Dean Norris (John Kurlander), Martin Landau (Max Rosenbaum), Heinz Lieven (Rudy Kurlander). Compañías productoras: Egoli Tossell Film, Serendipity Point Films.  Producción: Ari Lantos y Robert Lantos. Duración: 90 minutos.

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