El sacerdote católico Cristovão Ferreira desaparece sin dejar rastro en medio de la cruenta persecución religiosa que ocurre en Japón hacia 1640. Dos jóvenes discípulos suyos, los padres Sebastião Rodrigues y Francisco Garupe, deciden viajar hasta allá para conocer su suerte. Ambos presencian las brutales torturas y ejecuciones a las que son sometidos todos aquellos cuya cristiandad es comprobada. En medio de esa atmósfera, el padre Rodrigues inicia un proceso de radicalización religiosa que les costará la vida a muchos creyentes.

Silencio (2016) es la tercera parte de un tríptico acerca de la fe, que se completa con una de sus obras mayores: La última tentación de Cristo (1988) y Kundun (1997). Aunque en otras de sus cintas y personajes aparecen misiones casi divinas autoimpuestas que implican búsquedas incesantes de redención y culpas que parecen lavarse sólo con sangre. Inspirada en la novela del griego Nikos Kazantzakis, La última tentación de Cristo narraba la odisea espiritual de un hombre común a quien la gracia divina lo posee para convertirle en el Mesías, muy a su pesar, pues sus miedos más profundos y sus pasiones humanas lo arrastran a la duda a cada momento. Mientras que Kundun, un argumento original de Melissa Mathison, describía un proceso a la inversa, en el cual el Dalai Lama, cuya divinidad conoce él mismo desde que es un niño, tenía que enfrentarse a la crueldad de un orden mundial movido por la política, que lo convierte en un líder religioso errante.

Silencio es el retrato intimista de un proceso de transfiguración, en el cual un personaje termina por transformarse en una versión distorsionada del Cristo por el cual vive. El padre Sebastião no es un Mesías de amor, sino una entidad que provoca la desgracia de quienes tienen la fatalidad de seguirlo. Una transformación que ocurre de forma literal cuando el protagonista ve cómo su rostro reflejado en las aguas se torna en el icónico retrato del Cristo, según El Greco. Físicamente, también va Rodrigues cambiando hasta parecer, en algún momento, el mismo Jesucristo. Incluso tiene en la figura del impredecible campesino Kichijiro, un discípulo que lo ama y le traiciona por igual, como Judas Iscariote.

Desde sus primeras imágenes, Scorsese establece una idea recurrente en la cinta: la del hombre de fe que observa a otros creyentes morir de forma cruel, defendiendo su fe. Primero lo hará el desaparecido padre Ferreira; más tarde, el padre Sebastião caerá en un círculo interminable de negaciones que lo único que causan son la muerte de muchos. El cineasta presenta con detalle las torturas a las que eran sometidos los japoneses conversos. Esa agudeza hace más intolerable las negativas del protagonista a rendirse, pues ser testigo de ese profundo dolor humano nunca lo quebranta. Scorsese se distancia de su Mesías fallido (porque nunca deja de ser humano), presentándolo como un alucinado que busca enfrentarse sin más armas que la fe ante un implacable sistema político y militar que impuso el budismo como la religión oficial, pocos años antes. Lo que para Rodrigues es un pantano donde las semillas cristianas no germinan, para los japoneses es una estrategia política que corta de tajo una evangelización que podría culminar en una intervención militar extranjera. La decepción profunda que el protagonista experimenta cuando se reencuentra con su mentor, lo pone en una encrucijada.

¿Se puede vivir con un espíritu atormentado cuya fe profunda debe esconderse, al grado de perder la identidad propia? Cuando se renuncia a la fe, ¿realmente no queda nada? Estos cuestionamientos los responde Martin Scorsese, inspirado en una novela histórica del japonés converso Shusaku Endo, con una obra maestra que sorprende por una extraordinaria sobriedad formal en la cual el cineasta absorbe el estilo del cine japonés clásico que admira, entre el minimalismo de Yasujiro Ozu, el retrato histórico de Kenji Mizoguchi y el aliento épico de Akira Kurosawa. La mirada del realizador resulta notablemente distanciada, casi inmóvil, opuesta a la opulencia visual de Buenos muchachos (1990).

Recordar que Martin Scorsese quiso ser sacerdote y que renunció a ello por dedicarse al cine, no es una mera anécdota biográfica. El director de Silencio ha demostrado desde sus inicios una preocupación profunda por la forma en la cual la fe influye en nuestras vidas. A través del atormentado y tormentoso protagonista del filme, Scorsese encuentra solamente de su Dios la fatalidad y un terrible silencio. A diferencia del Nazarín de Buñuel, con quien Rodrigues tiene muchos puntos en común, como el querer vivir una religiosidad pura en un mundo impuro, no hay para el protagonista de Silencio una piña que le recuerde su naturaleza humana, su ausencia de divinidad y su derrota final al mismo tiempo. El último plano del filme, con ese crucifijo envuelto en llamas, es el punto culminante de una tragedia tan inmensa a la cual sólo Dios podría tener una respuesta.

SILENCIO (Silence, Estados Unidos-Japón-Italia-México-Gran Bretaña, 2016). Dirección: Martin Scorsese / Guión: Martin Scorsese y Jay Cocks, inspirados en la novela homónima de Shusaku Endo / Fotografía en color: Rodrigo Prieto / Música: Kim Allen Kluge y Kathryn Kluge / Edición: Thelma Schoonmaker / Con: Andrew Garfield (Padre Sebastião Rodrigues), Liam Neeson (Padre Cristovão Ferreira), Adam Driver (Francisco Garupe), Issey Ogata (Inoue Masashige), Yosuke Kubozuka (Kichijiro), Shinya Tsukamoto (Mokichi), Yoshi Oida (Ichizo) / Compañías productoras: SharpSword Films, Al Film, Oasis Films, IM Global, CatchPlay, Verdi Productions, YLK Sikelia, Fábrica de Cine / Producción: Barbara De Fina, Randall Emmett, Vittorio Cecchi Gori, Emma Tillinger Koskoff, Gaston Pavlovich, Irwin Winkler, Martin Scorsese. Duración: 160 minutos / Distribución: Gussi.

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