Para Emma

Tras perder a su fiel mascota, Winfried Conradi, un anciano maestro de música afecto a las bromas, decide recuperar la atención de su hija Inés, quien se encuentra inmersa en una feroz carrera como consultora de empresas trasnacionales en una oficina ubicada en Rumania. Valiéndose de un alter ego: el desquiciante Toni Erdmann (una especie de Mr. Hyde de pelo alborotado, simiesca figura y notorios dientes saltones), Winfried va acercándose poco a poco con su hija, quien a su vez va recuperando el sentido esencial de la verdadera felicidad.

Toni Erdmann (2016), el tercer largometraje de la realizadora alemana Maren Ade, ha sido uno de los éxitos más importantes del cine europeo contemporáneo, tanto con la crítica especializada como con el público de buena parte del mundo, desde su estreno en la sección oficial del Festival de Cannes de 2016. Las razones de dicha aceptación son muchas y trataremos de enumerarlas.

En primer lugar, la cinta aborda la soledad, un tema muy presente en el cine europeo actual y que se va extendiendo a las cinematografías de Asia, América Latina y algunas cintas estadounidenses. La soledad es el principal motor del viejo músico Winfried, quien ante sí tiene realidades (que no fantasmas) tan dolorosas como la enfermedad terminal (representada por su cínica madre enferma), el ocaso profesional (sus clases de música las toman mayoritariamente niños sin verdadera vocación artística) y la espera inevitable de la muerte. Mientras que Inés, su hija, se condena a sí misma a una vida profesional dominada por las vicisitudes de los mercados internacionales y la forma en la cual se maneja la geopolítica. Vive en un mundo monocromático que se extiende a los ambientes fríos e impersonales en los cuales se desenvuelve. Sus rasgos se han hecho duros y su mentalidad fría e implacable. El único momento en el cual expresa su sexualidad con un temporal amante rumano, lo hace sin pasión alguna en un juego erótico donde el hombre resulta manipulado. Inés se ha convertido espiritualmente, esencialmente en una de las voraces trasnacionales para las cuales trabaja.

Viene entonces la transgresión. La nada sutil intromisión de un ente casi fantástico que pone en jaque la frágil estabilidad de ese mundo metalizado. Armado de peluca, dientes saltones y una corpulencia incómoda, hace su aparición Toni Erdmann, el otro “yo” de su padre, quien puede pasar de empresario en viaje de negocios por Bucarest, a un incómodo visitante que quiebra un momento de tensión laboral con flatulencias. Puede resultar burdo, pero la táctica de Winfried va funcionando lentamente. Inés va reencontrando su humanidad perdida para regresar a lo básico. De una forma bastante radical, por cierto, como en esa espléndida secuencia en la cual, siguiendo el consejo de su jefe de mostrarse tal cual realmente es, ofrece una fiesta por su cumpleaños en donde los invitados, al igual que la anfitriona, deben desnudarse. Una secuencia magistral, porque revela tanto los prejuicios como la verdadera lealtad de aquellos que rodean a Inés en su cerrado círculo laboral.

La secuencia antes descrita nos lleva a una paternidad espiritual sobre Toni Erdmann, que es el cine de la también realizadora alemana Doris Dorrie. Con películas como la memorable Hombres (1986), dicha cineasta estableció un estilo bajo el cual sus reflexiones sobre la condición humana y en particular su disección de la masculinidad contemporánea se valían de un afortunado tono de comedia irónica capaz de rayar en el absurdo. Con esa cinta y otras más, como Iluminación garantizada (2000) o Tre3 (2012), retratos de personajes que encuentran la trascendencia espiritual en base a transgredir sus paradigmas propios, Doris Dorrie consiguió hacer real un estilo de comedia no muy común, en la cual las risas se provocan mediante el distanciamiento intelectual del espectador sobre lo que está viendo, para que lo reflexione sin gags visuales ni risas baratas. Maren Ade es una notable discípula, manteniendo el interés y el ritmo pese a las casi tres horas de duración del filme.

Lo que lleva a otro interesante apunte social por parte de Toni Erdmann, es cuando los protagonistas viajan a una instalación petrolera en la provincia rumana. Es una secuencia reveladora de la voracidad del neoliberalismo, la globalización y los intereses económicos de los países poderosos sobre aquellos que experimentaron la dureza socialista. Una simple necesidad de utilizar un retrete que sumerge al protagonista en un mundo donde el tiempo se detuvo y donde los millones de Euros nunca se verán reflejados. Una Europa no apta para los turistas o deseable para los inversionistas. Es la Europa de los hermanos Dardenne o del realismo social de Ken Loach. Y una dura reflexión sobre el papel actual de Alemania en la tambaleante Unión Europea.

Finalmente, Toni Erdmann es una cinta sobre la intrusión de la magia para generar un cambio vital. Aunque a veces sea necesario disfrazar la triste figura de un padre imperfecto para transformarlo en un kukeri, criatura búlgara que espanta a los espíritus y que se asemeja a una enorme criatura peluda. No importa el método, pero la verdadera esencia de la felicidad se debe recuperar antes de que sea demasiado tarde.

TONI ERDMANN (Toni Erdmann, Alemania-Austria, 2016). Dirección y guión: Maren Ade. Fotografía en color: Patrick Orth. Música: Patrick Veigel. Edición: Heike Parplies. Con: Peter Simonischek (Winfried Conradi / Toni Erdmann), Sandra Hüller (Inés), Ingrid Bisu (Anca), Lucy Russell (Steph), Thomas Loibl (Gerald), Michael Wittenborn (Henneberg), Trystan Putter (Tim). Compañías productoras: Komplizen Films, coop99 Filmproduktion, KNM, Missing Link Films, SWR, WDR, Arte. Producción: Maren Ade, Jonas Dombach, Janine Jackowski, Michael Merkt. Duración: 162 minutos.

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