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Una enorme oreja con una trompeta incrustada y una célebre frase, recibe al público visitante. La obra es de John Baldessari y se titula La Trompeta de Beethoven, Opus 127, 2007. La frase es de Beethoven y hace alusión a la incapacidad física que nunca le impidió apreciar la música: “Y no era posible que yo dijera a los hombres ¡habladme más alto, gritadme que soy sordo!”.

Dicen que la música es el alimento del alma o que calma a las fieras. Puede ser. Lo real es que la música ha sido siempre un espacio para que el hombre pueda manifestar su estado de ánimo, ya sea que la interprete o que la escuche.

Presente en las salas del Museo del Palacio de Bellas Artes El arte de la música, es un recorrido por una serie de obras plásticas que hacen referencia a este arte milenario, en donde los instrumentos musicales llegan a ser protagonistas de historias trágicas como la de Orfeo y Eurídice.

Orfeo, hijo de Apolo, era poeta y músico. Tocaba la lira que su padre le regaló de tal forma que cautivaba a los hombres e hipnotizaba a las bestias.  Un día se enamoró de Eurídice y se casó con ella. Una tarde que paseaba Eurídice por el valle del río Peneo se encontró con Aristeo quien intentó besarla. Al huir del ataque pisó una serpiente que la mordió. En poco tiempo el veneno la mató. Orfeo, dolido por la muerte de su amada entonó a orillas del río Estrimón la música más triste jamás oída. Las ninfas y los dioses conmovidos lo persuadieron de bajar al inframundo y traer a Eurídice de vuelta. Así lo hizo Orfeo quien con su música seducía a todos lo que encontró a su paso incluso a los mismos dioses del inframundo: Hades y Perséfone.

Orfeo logró llevarse a Eurídice no sin antes escuchar que Hades le advertía “debes caminar delante de ella y sin volverte a mirarla. La podrás ver sólo cuando ambos hayan llegado a la luz y ella haya sido bañada de pies a cabeza por los rayos del sol”. Al salir a la luz Orfeo se volvió a mirar a su amada, sin darse cuenta que uno de sus pies aún estaba en la sombra. Eurídice desapareció y Orfeo la perdió para siempre.

Jean-Baptiste-Camille-Corot, uno de los artistas participantes en El Arte de la música,  retrata de manera sublime el viaje emprendido por los enamorados en su obra Orfeo guía a Eurídice fuera del inframundo, 1861.

Otras obras retratan mitos como La contienda musical entre Apolo y Marsias, de Gaspare Diziani, 1750, donde el pobre sátiro pierde ante el dios no sólo la contienda sino la vida.

124 piezas, entre pinturas, dibujos, esculturas, cerámicas, carteles, videos, fotografías, instrumentos musicales y una instalación, procedentes de diferentes museos extranjeros, conforman la presente exposición que incluye piezas procedentes de colecciones nacionales al recorrido a fin de lograr una revisión del diálogo entre la creación musical y la plástica realizada en épocas y lugares distintos.

El recorrido se divide en tres apartados. El primero es Motivos, que parte de la antigüedad grecorromana como referente de que las artes no se disociaban una de la otra. En esta sección se observa el papel de los músicos en la época prehispánica, así como la importancia de los instrumentos musicales.

En Social, segundo núcleo, se profundiza en la presencia de la música en festividades públicas y privadas, ya sea como entretenimiento o como un elemento dentro de rituales espirituales. El apartado abarca diversos ámbitos como los de la danza, el teatro, la ópera, el cabaret y diferentes formas de representación escénica.

La última sección es Formas musicales, que propone la visión de la música a través de obras de artistas que trasladaron el lenguaje musical al pictórico, en una sinergia necesaria entre los ritmos y tonalidades musicales con los colores y formas dentro del lienzo. Se refleja especial interés en la contracultura plasmada en carteles de rock en los que se procuró tener un diseño que identificara a las bandas musicales.

En este apartado obras como Mundos pequeños, 1922 de Vasili Kandinsky; Espacio azul, 1912 de Frantisék Kupka y Ritmo 3 de Roberta Delaunay, 1938, hacen evidente la relación entre música y color.

Ya desde 1911, en su libro De lo espiritual en el arte, Kandinsky haría una serie de relaciones entre instrumentos musicales y colores, por ejemplo: “el azul claro correspondería a una flauta, el oscuro a un violonchelo y el más oscuro a los tonos del contrabajo. El rojo cinabrio suena como una tuba, y el marrón puede compararse con el redoble de un tambor”.

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