Durante el siglo XVIII la mujer no tenía más que dos destinos: el matrimonio o el convento. Para enfrentarlo lo mejor posible se preparaba desde pequeña en las llamadas labores mujeriles, las cuales incluían el bordado, un trabajo minucioso que lo mismo aprendía con su madre que con las monjas del convento.

De esta forma el hilo y la aguja se convirtieron desde su tierna infancia en sus primeros juguetes pero también en sus herramientas más preciadas para enfrentarse al mundo. Con ellos pasaba gran parte del día en una práctica constante de puntadas básicas sobre un trozo de tela: los dechados.

Los dechados que servían a sus dueñas como un ejercicio propiciatorio de las “virtudes femeninas” y como ejemplo de trabajo y perfección, fueron usados a manera de muestrarios de costura.

Hoy gracias al interés de investigadores, coleccionistas y museos es posible a través de ellos reflexionar sobre sus materiales, técnicas, formas y discursos, así como  sobre sus autoras y antiguas dueñas, quienes inmortalizaron su vida, ideas e historias a través de delicadas puntadas que además revelan las tendencias que en este sentido imperaron en distintas épocas.

Creados en comunión con una concepción de la educación de la mujer que privilegiaba el cultivo de las virtudes religiosas y el empeño de cierta parte del día en este tipo de ejercicios, los dechados constituyen las obras últimas que demuestran la habilidad adquirida por sus creadoras en su labor.

Bajo el título Dechados de virtud. Bordados y deshilados, siglos XVIII al XX,  el Museo Franz Mayer presenta en sus salas de exposición 70 piezas procedentes de distintas colecciones en torno a esta actividad realizada por mujeres y niñas durante el período señalado.

A partir de la investigación realizada por la curaduría, se sabe que durante el virreinato, a lo largo del siglo XIX y ya entrado el siglo XX, las “labores de hilo y aguja” fueron aprendidas y practicadas por las mujeres en diversos contextos. Ya sea en colegios, conventos, beaterios o en el hogar, el aprendizaje y ejercicio de este tipo de tareas tuvo como protagonista a los dechados, convirtiéndolos en reflejos de las tendencias en la educación femenina.

La exposición se divide en tres bloques: Regla y ejemplo, que explora los orígenes y antecedentes del dechado en México, así como su relación con la tradición católica y la incorporación de materiales en su creación.

Labores en hilo y aguja, que muestra la etapa de consolidación de estas obras en lugares de enseñanza como colegios, escuelas y conventos, así como al interior del hogar y casas de instrucción y Virtudes mujeriles que presenta una selección de obras en diversas etapas de su creación, otras que permiten apreciar la influencia del dechado en las culturas indígenas y piezas que muestran la simplificación de procesos en la elaboración de los dechados de mediados del siglo XIX.

La pieza más antigua dentro de la presente selección data de 1800 y fue realizada en seda sobre lino por Joaquina María del Camino y Zequeira y pertenece a la clase de los dechados magistrales, donde se aprecia el dominio de la técnica. Hay algunos otros que se denominan dechados de práctica y otros conocidos como marcadores.

Pero sin duda la pieza que más llama la atención es la de María de Jesús Martínez, niña de apenas 6 años,  quien con puntadas básicas como el punto de cruz, el hilván, festón, punto plano y puntada de vuelta elaboró un dechado magistral y de prácticas, en el Convento y colegio de la Enseñanza Nueva entre 1827 y 1836, en el mismo edificio que ahora aloja la presente exposición.

Dejar una respuesta

Escribe tu comentario
Por favor ingresa tu nombre aquí