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Desde muy pequeña Teresa de Cepeda y Ahumada, mejor conocida como Santa Teresa de Jesús, sintió atracción por las vidas de los santos a las cuales dedicaba gran parte de su tiempo. Se cuenta que incluso escapó de casa junto con su hermano para ir al país de los moros y morir por su fe, pero fueron descubiertos por un tío y enviados de regreso.

Con la llegada de la adolescencia, Teresa empezó a cambiar sus ideas pues además de leer historias de caballería se volvió vanidosa, lo cual preocupó a su padre, quien terminó por enviarla al convento de las agustinas de Ávila. [1]

Ese sería el inicio de un largo camino que culminó en la fundación de la Orden de los Carmelitas Descalzos, frailes y monjas contemplativos que buscaban el silencio mental a través de la oración y la meditación y para quienes la pobreza, la castidad y la obediencia eran parte de su regla.

Desde hace más de tres siglos, lejos de la mirada pública, los conventos de los frailes y monjas carmelitas descalzos guardan tesoros, objetos que han sido mudos testigos de la cotidianeidad de la vida religiosa.

En muchos casos este patrimonio, conformado por pinturas, esculturas, libros, relicarios y utensilios de Plaza de Toledo, España y Oaxaca, México, conserva una función devocional, aleccionadora e identitaria, propia de estas comunidades. 

Con motivo del V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, fundadora del Carmelo Descalzo, a 430 años de su presencia masculina en Hispanoamérica  y a cuatro siglos de la erección del primer convento de carmelitas descalzas en la ciudad de México, se descubre a los ojos del público la riqueza artística que en las clausuras de religiosos y religiosas aún se custodia, como herencia material y espiritual de un pasado que hasta hoy sigue vigente.

Con el título Tesoros escondidos de los conventos carmelitas, el Museo Franz Mayer reúne gran parte de estas piezas y las presenta al público junto con otras procedentes de colecciones públicas y privadas que pudieron formar parte de algún claustro carmelitano.

En el recorrido, el visitante puede admirar imágenes elocuentes e idealizadas de la vida conventual, vínculo de unión entre los miembros de la Orden, símbolos de santidad y orgullo corporativo. Piezas de gran valor simbólico como los relicarios que conservan fragmentos del cuerpo de la santa: una muela, “carne virginal” o un pedazo de su corazón. Las cuales conviven con obras de arte realizadas por grandes pintores de la época como La transverberación de Santa Teresa, de Juan Correa o El divino esposo, de José de Ibarra, por citar algunos.

Pero además podrá adentrarse un poco más en la filosofía de la santa, para quien el alma era un castillo de cristal conformado por siete moradas “que se conectan a través de las puertas de la oración”.

[1] Santa Teresa de Jesús, fundadora de las Carmelitas descalzas, tomado de

www.corazones.org/santos/teresa_avila.htm

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