Ambrose Bierce en el Diccionario del Diablo:

ÓPERA: Obra que representa la vida en otro mundo cuyos habitantes no hablan pero cantan, no se mueven pero hacen gestos, y no adoptan posiciones sino actitudes.

Toda actuación es simulación, y la palabra “simulación” viene de simia, que significa “mono”. Pero en la ópera los actores toman como modelo al simia audibilis o Pithecanthropos estentor, es decir, al mono aullador.

Foto: Alma Curiel

He aquí una definición singular para un género artístico singular. ¡Cuántas pasiones adversas o favorables suscita este extraño procedimiento artístico dramático-poético-musical-visual! ¡Cuántas palabras hostiles le dedicó, por ejemplo, Arthur Schopenhauer! El filósofo de la eterna herida abierta no veía en la ópera sino una trama insustancial que además sucede con insoportable paso de tortuga, una nulidad muy ruidosa, un tejido de encaje muy alejado de su planteamiento de la música como expresión directa de la voluntad.

A los hombres y a las mujeres que hacia finales del siglo XVI en las opulentas cortes de Florencia y Mantua experimentaban las primeras óperas (o Fábulas para Música), los movía a risa la principal característica de la ópera: el hecho de que los personajes trataran todos sus asuntos cantando. Lo encontraban estrafalario, anómalo. Bien vista, toda la cultura humana tiene algo de estrafalaria y risible. Para solventar las burlas y las chanzas, compositores y libretistas recurrieron a una ingeniosa estratagema: dejar al espectador sin aliento. Hacerle olvidar al público cortesano lo gracioso del hecho a través de lo que podríamos llamar “Shocks musicales”, elevando por encima de todas las cosas la voz de un intérprete. Elevarla hasta la más alta esfera celeste, de ser posible.

Estas elevaciones o “Triunfos de la Voz” por sobre todos los demás estímulos, muy pronto fueron la atracción máxima del espectáculo: es el Aria, esa elevación de la trama operística. El Aria tiene una cierta independencia con respecto a la obra que la contiene, una cierta movilidad citable de modo que se la pueda llevar de uno a otro contexto. De ahí que en el siglo XVII se hablara de “Arias de baúl”, Arias que una diva, por ejemplo, cantaba primorosamente y que por este sólo hecho interpretaba voluntariosamente a la mitad de cualquier ópera que le diera la gana sin importarle en lo más mínimo el tema de la misma, ni la trama en la que insertaba su Aria transportable.

Aria de locura

Foto: Alma Curiel

De todos los “Shocks musicales” o “Triunfos de la Voz”, no hay ninguno con la intensidad histriónica que el “Aria de Locura”. Éste intenta definir, por medios estrictamente musicales-espectaculares, el perdido juicio de un personaje. Son estadísticamente más numerosos los personajes femeninos a los que se les atribuyen en las tramas operísticas “Arias de Locura”, que el número de los personajes masculinos que enloquecen sobre el tablado escénico; lo que no significa, de ningún modo, que el “Aria de Locura” sea un terreno exclusivo de la psicología caracterológica femenina.

Por supuesto que la verosimilitud no es un valor útil para la ópera. En las “Arias de Locura” la condición estrafalaria del canto actuado se vuelve exponencial. Debería ser notorio, por medio del espíritu de la música, la flaqueza psicológica y la patología de la conciencia. Los métodos para lograrlo son una suma fantástica de pirotecnias vocales e increíbles virtuosismos. Un canto bello y florido —un canto de locura ornamental— que aparece en el centro nervioso de una situación límite: un asesinato, un filicidio o un descalabro amoroso. De modo que el “Aria de Locura” se convierte en la bella expresión de un traumatismo en el fluir dramático de la ópera.

Heroínas Transgresoras

Foto: Alma Curiel

Este monólogo operístico, escrito e interpretado por Luz Angélica Uribe, reúne varias historias de locura presentes en la ópera romántica y contemporánea.

Foto: Alma Curiel

Margarita la infanticida, Doña Elvira loca de celos, Chiang-ching la mujer de Mao, y Lucía de Lamermoor, son algunos de los personajes que veremos desfilar en la narración de Cunegonda, la diva protagonista de esta historia.

Teatro Helénico, Av. Revolución 1500, Guadalupe Inn. Martes, 8:30 horas. Temporada del 31 de enero al 18 de abril. Loc. $250. Boletos en taquilla y Ticketmaster al 5325-9000.

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