Es que la Ciudad de México es tan… tan, pero tan poco, pero tan… es muy difícil describirla en una palabra, en una frase, o en varias.

Cuando recibí la amable invitación para colaborar en este medio, además de un enorme gusto, recibí al mismo tiempo un ligero escalofrío. No porque me resultara complicado hablar del tema, sino porque hay tanto qué decir, que me resulta muy difícil resumirlo, ser parco, elegir, acotar, descartar información (lo que me conocen no me dejarán mentir, me cuesta trabajo hablar poco y resumir). Pero al final, este debe ser un espacio que se preste al gozo, al ocio y al disfrute de una de las ciudades más maravillosas y complejas (las dos cosas al mismo tiempo y en la misma proporción) del orbe.

La Ciudad de México es un universo aparte. Además de que cuenta con varios universos dentro de sí: es grande, caótica, deforme; en ocasiones casi apocalíptica; violenta, sucia, saturada; pero también puede ser una ciudad bellísima, culta, disfrutable, bohemia, y verde, muy verde. Mucho más de lo que se imaginaría mucha gente (si no se sigue atentando contra el mencionado “verdor”, claro está). Hace unos años unos amigos provenientes de Dinamarca me hicieron ver eso, que ya para mí era algo cotidiano: ¡la ciudad es muy verde! Tan sólo ver la cantidad de árboles, de parques, de camellones ajardinados para darse cuenta de que sí; el Bosque de Chapultepec es realmente un histórico bosque en el centro de la ciudad. México es una ciudad llena de opciones para todos gustos y presupuestos, desde las cantinas de “arrabales inquietantes”, hasta alguno de los restaurantes y el hotel más exclusivos del mundo (que convive con la cantina del arrabal inquietante a pocos metros). Y es que eso tiene la Ciudad de México: es contrastante, extremosa (les dije que este ejercicio descriptivo sería difícil). Es una ciudad que muta, se reorganiza, se autodevora, cambia constantemente sin que nos demos cuenta, febril, maravillosa… Desde los restos legados por culturas propias antes de la llegada de España y su influencia (los hay por todos los puntos del ahora tristemente extinto “Distrito Federal” —ese es otro tema que ya abordaré—), pasando por la arquitectura y el esplendor de casi tres siglos de virreinato, hasta las muestras más extraordinarias del arte y la arquitectura eclécticas en lugares como las colonias Juárez, Roma, Santa María la Ribera.

El Centro Histórico fue la ciudad misma por muchos años, y es desde los años 80 del siglo pasado, “Patrimonio de la Humanidad”. No es para menos. Lo hay todo: comercios, restaurantes, hoteles, iglesias, hospitales, escuelas, parques, palacios; ruinas de la capital de un imperio, o de dos, o de tres, La tres veces capital imperial (pero también la capital republicana) se nos expone generosamente, inabarcable como es para irla descubriendo de a poco.

“Ciudad y Patrimonio” nace de este sueño, de forma experimental. Como mexicano, capitalino y arquitecto restaurador, considero que una veta poco explorada es la relación entre la arquitectura patrimonial y la historia de una ciudad, sus habitantes, y su vida cotidiana. Este espacio que hoy se me abre es para hablar de manera acotada sobre maravillas de la ciudad, y en ocasiones, de estas excursiones que “Ciudad y Patrimonio” organiza por la ciudad, sirve de pretexto para reunirnos un grupo (cada vez más numeroso), a desentrañar misterios, contar leyendas, hablar de gente pasada y presente, ver fotografías antiguas, comparar, maravillarnos con una fachada o con algún interior, analizarlo, continuar… a veces felices “algo” perdura y lo podemos disfrutar con la gallardía prístina que le confirieron un buen cuidado y varios siglos acumulados de existencia; a veces tristes porque nada de lo que vemos (en imágenes) o de lo que nos cuentan viejas crónicas que existió, existe ya.  Al recorrer la ciudad en un ejercicio consciente, la leemos, porque al final eso es: un libro que no para de decirnos cosas. En este esfuerzo, hemos descubierto y redescubierto (me incluyo porque SIEMPRE encuentro y veo algo nuevo o de diferente manera, dependiendo mi prisa o estado de ánimo) el Centro Histórico, San Ángel, Coyoacán, Tlalpan; hemos transitado colonias como la Juárez, la Roma, la Condesa, la San Rafael, Polanco, intentando hacer hincapié en lo que nadie sabe, en lo que nadie conoce, en lo vulnerable que corre el peligro de desaparecer y sólo encontrarse 100 años después en una foto en un libro de historia o en alguna imagen. El patrimonio en general es maravilloso y amplio (¿me estaré sumando a la “patrimonitis” que padece ya gran parte de la población mundial?), pero mi énfasis en el patrimonio construido —tenía que salir a relucir mi (de)formación de arquitecto—, ligada a la Historia, las historias, presentes y pasadas, y a la conservación al fin. Y es que este patrimonio vivo, esconde una serie de valores que no son evidentes: desde el económico y estético, hasta el histórico y social, en mayor o menor medida.

Sin embargo, se necesita hacer una pausa de nuestro trajín diario, y si después de él nos queda energía, ver con ojos frescos y un tanto mordaces a la ciudad; ver para observar qué nos quiere decir la ciudad, que al fin, es nuestra casa. Tendrán que ser ejercicios cortos (como este artículo, que ya ni es tan corto porque ya me extendí, para variar), porque nos va a querer decir muchas cosas y después, abrumados, no sabremos cómo procesar tanta información.

Bajo el lema de que “no podemos defender lo que no queremos y no podemos querer lo que no sabemos que existe”, el próximo recorrido de “Ciudad y Patrimonio” se avisará con tiempo, para julio. Aún no está diseñado, pero anticipo que será inédito. En esto, como la ciudad misma, “Ciudad y Patrimonio” se suma a su también espíritu sorpresivo. Esta ciudad barroca (“extremosa” por definición) nos vuelve a dar la. Y yo, a esta columna mensual. ¡Sean bienvenidos a navegar conmigo por la gran Ciudad de México!

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