Quentin Tarantino ha insistido en que Había una vez… en Hollywood es su penúltimo largometraje, “el clímax” de su carrera justo antes del “epílogo”. En ese sentido, quizá lo más obvio a señalar es que esta cinta representa el mayor homenaje al cine, la televisión y a sus artesanos, dentro de la filmografía del director.

Leonardo DiCaprio-confirmando que da lo mejor de sí dirigido por Martin Scorsese o Tarantino- da vida a Rick Dalton, un actor que años atrás brilló en la serie western Bounty Law, pero en 1969 –justo antes de la consolidación del Nuevo Hollywood– ha fracasado en su intento por convertirse en una estrella de cine; consecuentemente, ha sido relegado para interpretar a personajes incidentales en series (reales) como El Avispón VerdeThe F.B.I. o Lancer. La “salvación” de su carrera parece estar en un tipo de cine que mira con desdén: las películas de género italianas.

A la par, Cliff Booth (Brad Pitt dando su mejor actuación desde Bastardos sin gloria) es el doble de acción de Rick, aunque ya sólo en teoría pues la carrera en declive del histrión también implica menos trabajo para este temperamental stuntmancon pésima reputación en la industria. Cliff ha pasado a fungir –gustosamente– como chofer y ayudante de Rick.

En contraste, los vecinos de Rick en Cielo Drive viven un momento de ensueño: Sharon Tate (Margot Robbie, sutilmente emotiva) es ya reconocida y acaba de protagonizar The Wrecking Crew al lado de Dean Martin, mientras que su esposo Roman Polanski (Rafal Zawierucha) es –en palabras de Dalton– “probablemente el director más popular de Hollywood e incluso del mundo entero” tras el éxito de El Bebé de Rosemary.

Había una vez… en Hollywood tiene una marcada estructura de tres actos; cada uno desarrollado en un día diferente de la vida de los protagonistas: el sábado 8 de febrero, el domingo 9 febrero y el viernes 8 de agosto de 1969. Los dos primeros capítulos así como la primera parte del último acto, están dedicados al desarrollo de los personajes. Dado que los protagonistas son dos actores y un stuntman de Hollywood, esto provoca que el filme sea, naturalmente, un festín tarantiniano dedicado a su gran pasión.

Dando rienda suelta a sus deseos, el cineasta nos contagia de su disfrute al recrear un show westerncomo si fueran los años cincuenta (Bounty Law), mostrando un momento épico de un filme de Dalton (The 14 Fists of McCluskey, donde Rick despacha a varios nazis con un lanzallamas), y ahondando en toda una mitología sobre la eventual estancia de Rick y Cliff en Italia.

De igual forma, Tarantino logra algo muy curioso al insertar a Rick en secuencias de cintas ya existentes: Moving Target de Sergio Corbucci (para ejemplificar su paso por Italia) o El gran escape de John Sturges (para remarcar que Dalton nunca pudo llegar al nivel de estrellato fílmico de Steve McQueen).

En el caso de Cliff, hilarantes flashbacksnos llevan a anécdotas que involucran a Bruce Lee (Mike Moh en caracterización perfecta) en el set de El Avispón Verde.

Y por medio de Tate y Polanski, Tarantino se adentra a la Mansión Playboy, ofreciendo una mirada al momento cumbre de una figura en Hollywood y entregando además una singular y cálida secuencia en la que Tate acude al cine a ver The Wrecking Crew y sonríe al atestiguar cómo su trabajo conecta con la audiencia.Con esto último nos ligamos a un aspecto esencial de Había una vez… en Hollywood: durante tres cuartos del metraje es una hangout movie donde, más que seguir una trama definida, simplemente invita a convivir con los personajes.

Como buddy movie, porque ciertamente hay mucho de esto, Rick (el otrora estrella de la TV que constantemente tartamudea cuando no actúa) y Cliff (rudo, problemático pero también despreocupado) resultan un memorable y divertidísimo dúo en cuya amistad recae buena parte del núcleo emocional del filme.

¿Y qué tienen que ver Charles Manson (Damon Herriman) y los súbditos de este último? El encuentro circunstancial entre Cliff y una chica hippie de la familia Manson (Margaret Qualley como la precoz ‘Pussycat’) da paso a una interacción que nos lleva hasta el Spahn Movie Ranch. Más que otra cosa, este y otros detalles están perfectamente pensados para tener efecto en el clímax.

Respecto al momento de la carrera de Tarantino en el que ha llegado este filme, la trama aborda “el fin de una era” en varios sentidos, pero también, es la primera cinta del cineasta desde que los escándalos del abusador y antiguo colaborador del director: Harvey Weinstein, provocaron el fin de otra era. ¿Será entonces que Rick Dalton, afligiéndose porque su tiempo de gloria se está quedando en el pasado, provenga directamente del sentir de Tarantino? No lo sabemos con exactitud, pero es un hecho que, como el propio Rick, Tarantino parece recordarse a sí mismo “You’re Quentin fucking Tarantino” antes de deleitarnos con un clímax brutal, sorpresivo e hilarante, que de igual forma funciona como una suerte de declaración de principios.

Detalles de los actos previos, de las escenas de convivencia con los personajes y de una de las películas dentro de la cinta, se conjugan de manera perfecta para un final que despliega la esencia más escandalosa del cine de Tarantino: violencia explícita que provoca goce y satisfacción absoluta.

En la época de los cuestionamientos de los supuestos progresistas, no es coincidencia que en un par de ocasiones ciertos personajes hippies denigren el trabajo de los actores, porque –parafraseándolos– mientras ellos pretenden matar para entretener, gente real está muriendo en Vietnam; o porque mientras ellos disfrutan de su dinero y viven en casas de lujo, su influencia violenta y negativa ha quedado impregnada en la sociedad.

En este trabajo, a pesar de cualquier tipo de controversia o acusación, Tarantino se es fiel a sí mismo, a la esencia de su cine. Para él los actores son héroes que pueden cambiarlo todo, al menos mientras la sala de cine se mantiene oscura. Había una vez… en Hollywood es el mejor filme de Tarantino en una década; uno para disfrutarse una y otra vez como sus obras mayores.

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