A la orilla de un sombrío y lúgubre lago situado en Irlanda a finales del siglo XIX, Rachel (Charlotte Vega) y Edward (Bill Milner), dos jóvenes huérfanos y gemelos enfrentaran una terrible y perversa maldición ancestral.

Sus vidas están regidas por tres reglas: 1.No pueden salir de sus habitaciones a partir de medianoche. 2.No deben invitar extraños a la casa y 3. No deben separarse. Estos hermanos tampoco pueden disfrutar de su cumpleaños número 18, pues en lugar de soplar las velas de un pastel, sufrirán las “consecuencias” de llegar a la adultez, condenados por el ominoso destino de estar rodeados de seres hostiles… y de otra dimensión.

Bajo esta premisa y la dirección de Brian O’Malley (Let us Pray, presentada en el festival de cine fantástico de Sitges en 2014) esta cinta irlandesa (también proyectada en Sitges, en 2017) parecería prometedora, pero se queda corta.

Primero por la estructura narrativa; es decir, la revelación del “secreto” clave entre los personajes (‘palpable’ desde las primeras escenas), es un parteaguas para que el resto de la trama se torne altamente predecible, y decepcionante…

Y si bien la promesa de querer saber qué sigue y cómo superarán los gemelos la escandalosa revelación empuja a quedarse, el tratamiento a esa respuesta no es lo suficientemente bueno. Pareciera que O’Malley sólo utiliza este recurso como un ‘cebo’ para amarrar a la audiencia hasta el final.

A pesar de ello, Los Inquilinos no llega a convertirse en un filme “tedioso”, en parte gracias a la musicalización (a cargo del también guionista David Turpin, Steven Shannon y Kevin Murphy) la cual agudiza y acentúa oportunamente los momentos álgidos y de tensión; aunado al aura impregnada de poesía gótica (muy al estilo de Edgar Allan Poe).

La originalidad del guion también podría ser cuestionable, pues la primicia básica y los poéticos tintes acuáticos, remiten a cintas de Guillermo Del Toro como La Cumbre Escarlata/ Crimson Peak (2015) y La forma del Agua/ The Shape of water (2017). Otras escenas también recuerdan a El aro/The ring (2002).

En contraste, como atributo están las actuaciones de los protagonistas: la española Charlotte Vega, quien da vida a una mujer independiente, fuerte y decidida a salir adelante y el británico Bill Milner, como un hombre sin voluntad y fuerza interna que se deja dominar por sus instintos básicos.

Y desde el punto de vista alegórico y simbólico, también hay aciertos; por ejemplo: el cuervo. Además de fungir como elemento “Poético” (básico en el estilo gótico), representa ‘la presencia de algo impuro’ (que domina a Edward) y ‘el acecho de una maldición perpetua’ (en Rachel).

Las cortinas rojas y aterciopeladas de la habitación principal (donde dormían los padres de los gemelos) y que contrastan con la dominante atmósfera grisácea de la mansión, sobresalen en medio de tanta penumbra; representando la pasión latente o el deseo indomable. Estos son sentimientos elementales en todo el filme.

Pero quizás la alegoría más importante -confirmada por el mismo O’Malley-, es la que gira en torno a Sean (Eugene Simon) un soldado que acaba de volver de la Primera Gran Guerra, sin la mitad de una pierna y al que todos los aldeanos (excepto su propia familia y Rachel) llaman “traidor”…

Esto, sumado a la fuerza de voluntad de la protagonista y a su decisión por escapar a toda costa de su “destino”, representan la lucha de Irlanda por independizarse de Gran Bretaña. Esta disputa derivó en la Guerra de Independencia, la cual tuvo lugar el 21 de Enero de 1919 y terminó oficialmente el 11 de julio de 1921.

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