El género de guerra es probablemente uno de los más llenos de clichés y lugares comunes en el cine. Sin embargo, la nueva película de Sam Mendes, 1917, logra dar un giro fresco al género a partir de su enfoque. Mucho se ha dicho acerca del uso de la técnica del plano secuencia para construir una película que sucede en tiempo real y en una sola toma. Esta estrategia de filmación es una forma en la que el director hace una película, la cual se enfoca más en retratar la experiencia de la guerra que en el soldado como individuo, a pesar de que encuentra tiempo para desarrollar a los dos protagonistas.

La película maneja una premisa muy sencilla: dos soldados británicos que luchan en la Primera Guerra Mundial deben llegar a un pueblo cercano a entregar un mensaje a un oficial para evitar que sus tropas caigan en una trampa mortal. La sencillez de la trama permite que la película se enfoque en el proceso de llevar a cabo esta misión, abriendo el espacio a varios temas que giran en torno al conflicto bélico.

Destaca por ejemplo, la aparición de soldados provenientes de las entonces colonias británicas, que revela una de las formas de explotación a las personas del imperio sin necesariamente profundizar mucho en el tema. Es así como funciona gran parte de la película, dibujando un retrato general de lo que fue la Primera Guerra Mundial que incluye, entre otras cosas, los primeros combates aéreos, así como reflexiones en torno a la banalidad del conflicto.

Este último tema es abordado en la película de varias formas, principalmente en los diálogos de distintos soldados que cuestionan la importancia de defender campos vacíos o el valor de las medallas. Todo esto sucede principalmente en la primera parte de la película, antes de que se crucen la líneas enemigas, pues la relativa calma que esto ofrece permite que los personajes interactúen entre ellos y con otros soldados que van encontrando en el camino, delineando así a los protagonistas como algo más que soldados anónimos.

Para la segunda mitad de la película, claramente delimitada por una escena, el tono cambia, pues la urgencia de completar la misión pasa a primer plano. Si la primera mitad permitió conocer a un nivel básico a los personajes, la segunda se enfoca de lleno en el frenesí del combate, dotando a sus escenas de una emoción que te mantiene al borde del asiento.

Uno de los mayores logros de la película es precisamente la forma en que construye las secuencias de acción. Destacan en particular dos: la que sucede durante la noche en un pueblo que ha sido destruido por los bombardeos y que es iluminada con bengalas; y la escena del combate en las trincheras. Esto se debe a la meticulosidad con la que la producción preparó las escenas, y si bien el aspecto más llamativo es el trabajo cinematográfico, también el sonido y la música juegan papeles fundamentales para crear la tensión de estos momentos.

1917 recupera una forma de hacer cine de guerra, con el enfoque de recrear el sentimiento de estar en medio de la batalla, que hemos visto antes en películas como Dunkirk de Christopher Nolan. Sin embargo, donde Nolan enfatiza el anonimato de los soldados, Sam Mendes encuentra en el frenesí de 1917 el tiempo de desarrollar a sus protagonistas y dotarlos de opiniones acerca de sus experiencias en la guerra. El resultado es una película que logra ser a la vez íntima y llena de secuencias de acción en las que los personajes no son más que vehículos para que la audiencia experimente algo similar a estar en el frente.

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