Algunos son buenos para presentar exámenes, otros no; pero el sistema que permite a los futuros doctores continuar en la carrera y eventualmente ejercer, los obliga a pasar por ellos, como lo muestra Primer Año.

La película dirigida por Thomas Lilti nos da una idea de cómo son los primeros 12 meses en una escuela de medicina en París, enfocándose en dos estudiantes que se vuelven mejores amigos y que luchan por pasar los exámenes que les permitirán llegar al siguiente año de medicina; proceso que incluso podría costarles su amistad.

Antoine (Vincent Lacoste) está cursando ese primer año por tercera vez, ya que anteriormente no obtuvo una puntuación suficientemente alta. A él no le vienen muy natural los exámenes, por lo que está obsesionado con estudiar y obtener la calificación necesaria para conseguir un espacio en medicina el siguiente año.

Por su parte, Benjamin (William Lebghil), hijo de un médico, está cursando el primer año por primera vez. Como él creció con esta información, se le facilita más el estudio; pero no está del todo seguro si es lo que quiere, ya que parece hacerlo sólo para ganarse los favores de un papá distante.

El también guionista Lilti retrata así las experiencias de estudiantes de primer año y las presiones que se autoimponen para presentar los exámenes; así como lo frío y deshumanizante que resulta el proceso. Las clases se muestran en aulas gigantes con tantos alumnos que el profesor utiliza un micrófono para que lo escuchen, y aunque por momentos vemos cómo celebran, la experiencia es fría y calculada; una en la que los jóvenes están a merced de un sistema del que no pueden escapar.

Al perfeccionar la atmósfera que vemos en este mundo de paredes blancas y un contacto muy superficial con otras personas, Lilti encuentra el contraste perfecto en la amistad entre Antoine y Benjamin, pues ambos encuentran su humanidad cuando sienten que el sistema se las está quitando. Lacoste y Lebghill tienen excelente química y contrastes perfectos en sus facciones, físicos y las energías que proyectan como actores. Lacoste carga con más peso, ya que tiene los golpes emocionales más fuertes (ataques de pánico, envidia, obsesión), pero Lebghill encuentra matices interesantes a través de la ligereza y la sinceridad que le otorga a su personaje.

Por momentos la película se siente monótona, ya que se enfoca casi por completo en lo mucho que los personajes estudian sin ofrecer subtramas que den un descanso (Benjamin tiene una vecina asiática con la que parece tendrá alguna relación, pero Lilti no lo desarrolla).

Los mejores momentos son los que se manejan con simplicidad y sinceridad, e incluso humor. Hay una escena en la que un personaje dice que la diferencia entre un estudiante de preparatoria y un estudiante de medicina es que si les pides que se aprendan el directorio telefónico, el de preparatoria cuestionará “¿por qué?”, mientras el de medicina preguntará “¿para cuándo?”. Esta línea da una idea de la tesis de la película y del conflicto principal, así como la sátira a un sistema educativo que valora las calificaciones más que las destrezas y la promesa que representa cada persona.

¿Hay otra manera de elegir a quienes se dedicarán a la medicina? Hasta que se implemente, muchos estudiantes seguirán intentando pasar los exámenes; incluidos estos dos protagonistas, quienes pasan por este momento de vida de manera muy conmovedora.

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