Teniendo como marco uno de los recintos más bellos del Centro Histórico en la Ciudad de México, la Compañía Nacional de Danza dio vida a una versión muy contemporánea del cuento clásico Blancanieves.

Con la puntualidad de un reloj inglés, decenas de familias se reunieron bajo la elegante estructura del Teatro Esperanza Iris, el fin de semana pasado, para observar uno de los últimos montajes del año que la Compañía Nacional de Danza llevó a cabo, con tres funciones llenas.

Bajo un escenario minimalista, sutilmente iluminado, el montaje echó mano del ballet contemporáneo, bajo la batuta de Irina Marcao, que utilizó un lenguaje moderno para crear una versión contemporánea del cuento de los Hermanos Grimm, sin perder el sentido cálido que Disney le brindó hace varias décadas.

La historia comenzó con un par de bailarines vestidos de blanco, que dieron vida a los enamorados padres de Blancanieves, quienes vivieron un cuento de hadas hasta que un fatal destino los separó.

Tras la muerte de la reina, el rey se vio obligado a volverse a casar con una ambiciosa mujer, cuyo único interés es su propia belleza y la de su majestuoso vestuario, con varios metros de largo que invadió el frío escenario, aportando un toque de color necesario.

El espejo mágico, no podía faltar en la historia, y en este caso, la malvada reina trastoca la escena con un gigantesco espejo, cuya visión de Blancanieves como la más bella de aquel lejano reino, enfurece a la cruel villana, quien emprende una peculiar persecución en contra de la princesa para acabar con su vida.

Echando mano de elementos de la comedia, la utilización de las puntas como en el ballet clásico y siempre apoyada por composiciones clásicas de autores como Bach, Dukas. Grieg y Rossini; la puesta en escena evoca en el espectador, sobre todo en los más pequeños, una montaña rusa de emociones que acentúan los ligeros movimientos de los bailarines.

Otro elemento que robó el corazón de la audiencia fue la destacable actuación de los siete enanos, cuya dificultad debido a las estaturas de los bailarines, fue resuelta de una manera excepcional, apoyados en una escenografía con elementos simples, pero muy prácticos que ayudaron a darle mayor volumen al escenario.

Sin duda, la escenografía realizada por Jorge Ballina fue uno de los aciertos más grandes del montaje, ya que permitió a los bailarines un mayor desenvolvimiento en el espacio; mientras que el público tuvo la oportunidad de echar a volar la imaginación para recrear escenarios como el majestuoso palacio, el espeso bosque, la guarida de los siete enanos y la tumba fría de Blancanieves.

Por todo lo anterior, el montaje resulta no sólo atractivo visualmente, sino también muy grato por el trabajo de los bailarines y la belleza de la música que, adecuada a cada escena, hace que valga la pena la espera por otra posible temporada, pero esta vez con mayor duración.

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