Atrapada sin salida. Cual película de Fellini, el embotellamiento compacto de las arterias para llegar al Palacio de Bellas Artes provocaron lo impensable: llegué tarde. Irremediablemente tarde. Las enormes puertas de metal, cual murallas medievales, más el personal –propio y firme–  no accedieron a las peticiones, de decenas de personas de público excluido, como yo. Amables unas, otras más subidas de color y hasta los nada finos y altivos vituperios de un personaje que, con acento argentino, les llamaba de todo a los guardianes del orden. Aplauso y reconocimiento a la política de nuestro recinto máximo. Cualquier teatro que se respete impide la molestia que provoca las entradas una vez iniciada la función.                                                                                                                                                                                                                                                                           

tan cerca, pero tan lejos

Me resigné a mi calidad de espectadora “de a pie”. El monitor del vestíbulo, con su cámara fija, deslava profundidad, matices, la energía de los intérpretes, así como los detalles de iluminación y movimiento. El conjunto atraviesa así, lacio y desunido. Por lo anterior, acudo a otras sensibilidades de diversas trayectorias, edades y tendencias, pero todas, gente de foro. Todas intensas, conocedoras y amantes de la danza.

Cedo la palabra

 

Cora Flores – Maestra, bailarina y coreógrafa

Es una obra que he visto desde diferentes perspectivas. Cerca, en un salón de ensayos, y ahora desde la butaca en el foro, hay cosas que aprecio de diferente manera, las sensaciones son muy diferentes”. Cora hace una pausa, y agrega contundente: “Me conmueve muchísimo la entrega de los bailarines. Mi actitud frente a cualquier presentación de danza no es la de criticar, me abro a lo que viene, y trato de disfrutar lo que esta me pueda ofrecer. Aunque en esta ocasión, a mi gusto, la coreografía se me hizo un poco repetitiva”.

Y con  un cambio de matiz en su tono, agrega como para sí: “Lo que es de no creerse, resulta inconcebible, son las fallas del protocolo. El año pasado, en el homenaje al Ballet Teatro del Espacio, le cambiaron el nombre varias veces: a Gladiola ¡le dijeron Magnolia! Recientemente a Laura Rocha, de Barro Rojo, le llamaron Laura Rojo… Digo… Además, eso de que un funcionario lea su texto, no sólo con errores importantes, sino desde un celular, me parece una verdadera falta de respeto y un descuido muy grande. Me duele, no debería ser así. Ayer, en la develación de la placa de Antares, sólo hubo silencio. La persona del micrófono no tenía un guión; parecía que el protocolo había sido ignorado, peor aún, inexistente, incluso en los detalles más elementales. No deberíamos perder dignidad”.

Regresando al tema de Antares… “El aplauso, al final de la función, fue muy fuerte; entre ellos, el mío. Eso me dio mucho gusto”.

 

Nina Heredia – Bailarina, coreógrafa

“Es una obra difícil. Exige del espectador estar muy alerta para captar y sobrellevar una danza donde hay constante violencia. Digamos que los duetos y danzas de grupos se ven incómodos, incluso los movimientos en donde los cuerpos se tuercen, sufren, se ahogan en este todo que me resulta cansado. Habla de violencia en los diversos grupos sociales, de las relaciones homosexuales, de gente en general. Hay algo de ambiente tribal, de grupos humanos en los que la violencia es su emoción permanente”.

Entiendo que justo es su tema. Intervengo. Es su visión del mundo de los descalzos, es decir, de los desheredados: de la vulnerabilidad en muchos sentidos, de la intolerancia a la diversidad, de ese México convulso y de brutalidad extendida. Concluyo.

“Sí,  claro –continúa Nina–. El asunto es que a pesar de que los bailarines están al cien por ciento, maravillosos, a pesar de que hay momentos de gran belleza, la violencia y lo intenso del sufrimiento, me llevó a sentir pesadez. Sin embargo, hay un tiempo de belleza muy grande, particularmente cuando el personaje con alas de ángel se ve envuelto en una nube de puntos blancos luminosos. En verdad, creo que Miguel tenía todo: una idea, un concepto, un vestuario teatral muy creativo y, subrayo, magníficos bailarines, pero siento que no hay coreografía, estrictamente hablando”.

“Otro elemento: la música, trabajada sobre un fondo, y sobre ella, bandas de pueblo, cumbias… Sin embargo, el todo era lineal, plano. Las caídas violentas de los bailarines… Vi incongruencias: hay un momento en el que un personaje femenino ‘muere’, pero, al cabo de un rato, se levanta y continúa su caminar… Sé que no es fácil”.

En síntesis, no veo una coreografía lograda. Finalmente me agotó. Salí cansada.

—¿Decepcionada?, inquiero.

—No, agotada, concluye.

 

Elisa Rodríguez – Maestra, bailarina y coreógrafa

“Treinta años de trabajo son para celebrar. Llegar hasta este punto, con una trayectoria con tantos reconocimientos, en el ámbito de la coreografía, además de maestro y de promotor, es todo un mérito. Lo celebro. En cuanto a esta obra, creo que no ha sido la más afortunada. Con pena te cuento que en un momento estuve cabeceando y eso para mí es una señal importante. Vi una obra llena de lugares comunes y mira que había muchos elementos a su favor, bien logrados”.

“El vestuario, teatral, muy bien diseñado, acertado… La música, excelente tratamiento y propuesta con reminiscencias y alusiones a lo mexicano: bandas de pueblo, cumbias… Esperaba una obra mucho más rica en lenguaje, en conceptos, en relación a lo que significa ser mexicano”.

Elisa, llena de energía, no titubea. Sus ideas las tiene bien alineadas. Rápida y precisa puntualiza: “En relación a la iluminación, desconozco si fue un problema técnico o un desacierto en el diseño. Es claro que el espacio fue acotado hacia el proscenio, sólo del centro para abajo, pero, en general, las áreas se veían con poca fuerza, hubo momentos más definidos. Pero, mira, no sabría decir si fue un error del diseño o la escasez de tiempo. Llegué a México (de su Argentina natal) hace 40 años y, desde siempre, los técnicos tienen toda la autoridad y posibilidad de colaborar o no. Francamente, lamento que no haya sido un programa logrado en su totalidad. Los grupos independientes tenemos muy pocas posibilidades de que se nos permita el acceso al foro de Bellas Artes. Por eso, cuando se consigue subir a él, uno desea concretar objetivos. Uno se mata por dar lo mejor, de llegar con obras logradas y de la mejor manera.

“En el caso de Antares, había tanta expectativa… Bueno, esperaba más. Los bailarines muy buenos: jóvenes, bellos, técnicamente están muy bien… Creo que Mancillas pudo haber ido más allá, tenía todos los elementos a su favor. Qué pena porque perdió una oportunidad importante, además la celebración de su aniversario número 30.

“Penoso, en verdad, las fallas en el protocolo. El coordinador nacional de Danza, quien nos representa, no habló. No digo que se alargue, pero por respeto, por educación, por una mínima regla de etiqueta, algo debe decir, saludar al menos.

“Se le fue de las manos. Era un temazo… Miguel Mancillas presentó algo un tanto lineal y le reconozco muchos otros méritos. Seguiremos pendientes porque tiene mucho por hacer.

“Me gustaría agregar las sabias palabras del gran escritor argentino José Hernández, autor de Martín Fierro”, concluye Elisa Rodríguez:

Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera.

Tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea,

porque si entre ellos pelean, los devoran los de afuera.

 

Solange Lebourges – Bailarina, maestra, investigadora

“Para mí, Miguel Mancillas logra lo que quiere decir y cómo lo quiere decir. Desde hace tiempo tiene un lenguaje que se caracteriza por movimientos contenidos con fuerte tensión, particularmente en Los descalzos. Esta tensión, así como las repeticiones, marcan para mí el estado de colapso que vive México.

“Miguel ha sido recurrente en su forma. En esta obra sentí muy apremiante el tema de la violencia, del choque entre los cuerpos” –continúa Solange–. “Esta violencia es lo que vivimos, es lo que padecemos y la obra logra hacerte vivir esa tensión, me sucede al leer los diarios, los artículos de revistas, las noticias de nuestra realidad. El tema de lo mexicano me parece menos legible, sobre todo por el vestuario, aun cuando la música lo sugiere.

“Mira, estoy convencida de que en Miguel hay un oficio comprobado, un quehacer… Aún más, sabiduría. Y repito: dice y compone una danza en donde se ve con claridad el tema que en esta ocasión le ocupó y obviamente le preocupa”.

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