Experiencia extra-cotidiana. Forma y des-construcción de abordar un foro. Danza En mi Casa/Arte a la Carta, nos lleva por un paisaje de voces y silencios; movimientos o estatismos. Cuerpos que caminan, saltan, giran, entran y salen con monólogos repetidos. Son dos mujeres que por momentos parecen ser solo una. Personajes de la calle, cotidianas. Tan cercanas, que se puede tener la sensación que podrían por asalto, saludar y sentarse en nuestras sillas, en el sofá de la sala. O sorprendernos al llevarnos a experimentar la fuerza de una teatralidad tan nítida, que a pesar de la cercanía, nos lleva a través de un universo ficticio, alejado. El que le confiere la magia del plató.

Estamos en el espacioso y acogedor departamento de Nina Heredia, quien junto con Cecilia Camino, se ha dado a la tarea de hacer danza: sin apoyo oficial, dentro de una cartelera o fuera, sin programa de mano. No cuentan con el cobijo de un teatro, ni con la venia de las instituciones. Son dos artistas cuya consigna es bailar o….bailar. Hay mucha experiencia, mucho que decir, mucho por descubrir.

Si bien la modalidad de convertir en escenario un espacio íntimo, se ha llevado a cabo desde hace tiempo (recordemos a Pilar Medina, en el caso de México) lo que en este caso llama poderosamente la atención es la capacidad de las ejecutantes/actrices de hacer brillar lo opaco; de dotar de magia las palabras, de convertir la sala, la cocina, en un centro de sorpresas, de energía que dan la metáfora de las luces y las acciones.

La sorpresa: presenciamos una pieza que cumple con el ritmo, con la cadencia de una obra que encrescendonos va atrapando con la fuerza de las intérpretes. Lo que encontramos es el secreto de la fusión entre el lenguaje prosaico o cotidiano y la imagen poética; no la oposición entre la vida común y poesía, sino su mezcla.

“Yo lo que quiero es dejar de hablar, sólo un poco, lo suficiente. Que el silencio se vuelva caricia, y la caricia voz.” Los monólogos fluyen, mientras los cuerpos se mueven con agilidad, con firmeza. Hay en ellos, una intensidad eléctrica. Las voces se empalman o se alternan. Los soliloquios al teléfono, las confesiones oblicuas; las situaciones absurdas, las revelaciones del alma; lo tierno y lo delirante: Los personajes por momentos se conectan. En otros, se entrelazan en un monólogo obsesivo, que por momentos se funden. Los textos aluden a las relaciones, o mejor dicho a la pérdida de ellas. Al abandono, a la soledad. “Siento cosquillas en las plantas de los pies. Tengo ganas de bailar, ¿Quieres bailar conmigo? ¿…quédate tu sin mi, para que nunca puedas despedirte” Estamos en un teatro sui generis.Ahí la expresión es sinónimo de exploración interior y ambas de creación de si mismas.

En un segundo tiempo, se nos traslada a la cocina. Aparentemente todo es familiar: una estufa, un extractor, un fregadero, sartenes, un refrigerador. ¿Existe algo más insulso, mas alejado de la magia que una licuadora, un extractor o una olla? Y es ahí – vaya sorpresa- dónde a través del ritmo de las acciones, repetidas y obsesas, inician un ritual que no dudo en llamar delirante. Abren puertas, se dirigen al refrigerador. Los actos en forma de danza, van en crescendo.Se repiten con el empecinamiento de una mosca, que se estrella contra la ventana una y otra vez. La estufa iluminada y su extractor, generan una música sintética; mucho más es la transfiguración que la fuerza de los cuerpos y sus acciones proyectan. En un momento, Nina – concentrada y eufórica- sube y baja de la barra, mientras desde una de sus manos emite luces, cómo si de un iluminador experimentado se tratara. Los platos de croquetas de Tintán y de Lola la bella -mascotas de la casa- se transforman en sombrero, y espejos luminosos. La salpicada y oscilante luz verde fosforescente da el toque. Estamos frente a ellas, como testigos mudos pero totalmente tomados por la intensidad. Saben de la capacidad de salirse de si mismas y transformarse en otro.

Así, voz, actitudes corporales, objetos, sonidos, iluminación y un placentero compendio de intenciones reiteradamente dan en el blanco. Hacia el final, van sacando los platillos, la ensalada, la bebida roja; Pican con movimientos nerviosos pero firmes, una pieza de pepino. Aparecen el aderezo, el pan árabe……. Se enciende la luz. Todo se ha convertido en armonía. Las barreras se disuelven. El vecino desconocido es un interlocutor cercano. La convivencia fluye. El hielo se ha roto.

La magia una vez más hizo lo suyo. Amistad y Cordialidad a la carta.

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