“La coreografía no implica necesariamente lo dancístico”, expresa Evoé Sotelo en una entrevista para el programa Danza Net (14 de julio de 2017). Han pasado 25 años desde que Evoé Sotelo y Benito González iniciaron el proyecto Quiatora Monorriel.

Dicho fuera de contexto, el enunciado arriba expuesto podría generar un mitote. Un descuadrado redondeado, “una especie del quehacer del viceversa”, un desvarío causado por las altas temperaturas de su natal Hermosillo, donde se sabe que un huevo sobre el asfalto queda frito en un santiamén.

Bellas Artes, foro y testigo mudo de “danzas sin danzas”

Quiatora Monorriel, a manera de un documental, presentó una selección de obras y fragmentos. Como un fresco, vimos la trayectoria móvil de una compañía, compacta por temporadas, o conformada por un grupo de bailarines en otras.

La presentación, reseñada por amigos, maestros y críticos, desde una proyección pregrabada, aparecieron en pantalla. Desde ahí, hablaron del mundo de Quiatora y de sus creadores: todos subrayaron el estilo, el “sello de agua” que ha caracterizado a la mancuerna Evoé/Benito. Todos enfatizaron la unicidad. No hay duda, una obra QM sería “reconocida en cualquier continente, con o sin programa de mano”. Ni hablar. Su estilo tiene rostro, forma, nombre y apellido.

El Palacio de Bellas Artes se abrió al presente; más aún, prestó su plataforma para que sus artistas dieran un salto al futuro.   Veinticinco años han transcurrido desde los orígenes de este colectivo fundado por los entonces muy jóvenes aprendices. En 

QM/RETRO, título del programa, vimos desfilar un cúmulo de aciertos. Danza o no, la escena se iluminó. Brilló el humor, la frescura, ¿la ligereza? inteligente. Un mundo de movimientos muy bien ejecutados, bien estructurados, bien vestidos y bien iluminados. Y la danza… muy buena y muy bien ejecutada.

Resultado de eliminar todos los conceptos conocidos en la danza, Evoé y Benito han prescindido no sólo de una narrativa, sino también de la relación tradicional del bailarín con el espacio escénico, la música, el espacio, el tiempo, la escenografía y la relación con el o los otros intérpretes, sin que existiera una relación formal entre ellas.

Hay en la atmósfera un eco, a veces leve, otro más cercano, de la estética de los juegos electrónicos de origen japonés. Espacios sin fondo, acciones sin principio ni final; una especie de vacío existencial, que tiñen de añoranza aún los momentos juguetones y de apariencia ligeros. Es sólo un sentir muy personal. La emoción que despiertan sus danzas, a veces, juegos; otras, más intensas en contenido y atmósfera, son  –expresión de mi vecino de butaca– “como una caja de chocolates, bombones para disfrutar sin mayor complicación”.

Se abre el telón: un par de bailarines, con brazos y movimientos de colibrí, agitan imparables sus brazos. ‘Aletean’ sincronizadamente. La música, armonía de sonidos, tal vez sin melodía, se acopla a la perfección. Los muñequitos/colibríes, se trasladan en su vuelo. No hay principio, no hay final… sólo transcurre.

Doce obras, o fragmentos de algunas danzas, nos permitió conocer las etapas que han sustentado un proceso marcado por la libertad. Frescura para decir, apertura para indagar. Romper, desconstruir, revisar…

El saldo: un contexto festivo, refrescante, jugoso, capaz de regocijar e inducir al júbilo a cualquier espectador libre de conceptos preconcebidos o reglamentos vaciados con varilla y cemento. Vitalidad y atrevimiento indispensables se dieron la mano gracias al aplomo y saber teatral de los coreógrafos logrando al fin un producto espléndido.

Bocanada de humor y de aire fresco en la nunca más región más transparente. El estilo Quiatora, sin duda, es el reflejo de un espíritu sin miedo a lo desconocido. La búsqueda suele estar plena de proyectos a medio hacer: intentos fallidos, resultados desequilibrados, cortos. Llama la atención en QM/RETRO, la suma de hallazgos. El público tiene el derecho y la oportunidad de asistir a una función que brilla por sus propuestas resueltas.

Ruptura, investigación y el juego, fueron el principio de una compañía cuyos gestores – a todas luces- tienen la luz que da la inteligencia, junto con la bravura que da la pasión. Obsesión y destino de una danza para todo público, conocedor o no.

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