Fiesta en la madriguera, Si viviéramos en un lugar normal, Te vendo un perro y No voy a pedirle a nadie que me crea. Juan Pablo Villalobos – Editorial Anagrama.

Comenzar con una situación desconcertante, encadenar una improbable anécdota, desarrollar enigmas o sugerencias insólitas; introducir disparates y retruécanos; deleitarse con los defectos de personajes y del propio narrador; exhibir el artificio y las limitaciones; nunca perder el ritmo como no sea para acelerarlo y así acrecentar el torrente para detonar risas, sonrisas y embelesos por el ingenio al que se asiste.

Las novelas de Juan Pablo Villalobos comparten la esencia del humor indiscriminado y elementos de estructura con el guión del stand–up, espectáculo que ha proliferado en la última década. “Novela delirante”, “humor y ligereza”, “cómica, convincente, terrorífica”, “comicidad ingenua, feroz y dolorosa”, “te arranca la carcajada manteniéndose impávido”, “cosas extrañas y divertidísimas”, se descose el maravillado reseñista nacional, máxime el extranjero.

Con todo, es interesante constatar la formalidad cliché y hasta la solemnidad con la que adherentes (incluso críticos) se maravillan: “las cosas son así”, “potencia subversiva”, “denuncia subversiva”, “lucidez del que sabe que nos engañan”, “sinsentido del mundo”, “mito del México excepcional y surrealista”, “lejos de intervenir con gestos críticos”, “lenguaje elaborado […] reinventado en un estadio posterior”.

Villalobos se destapa —se agradece—. De la sospecha de que “la mayoría de los libros hablan de cosas que no le importan a nadie” en Fiesta en la madriguera al convencimiento de que más vale “aniquilar una novela” antes de que se transforme “en un delirio de un autor guajiro” en Te vendo un perro, y de ahí a la declaración de principios: “Escribo porque en el fondo soy un cínico que lo único que ha querido siempre es escribir una novela a cualquier precio” en No voy a pedirle a nadie que me crea. Villalobos acusa reflexividad por el oficio en sus novelas, una voluntad de presentarse en sus humores y necesidad de configurar el armado mostrando el instrumental y la destreza en progreso.

En Fiesta en la madriguera, la voz del niño pasivo y satisfecho en palacete narco estimula la imaginación, la claridad y la paradoja frente a la gravedad de los hechos aludidos que rodean sus privilegios; el contraste acrecienta el carácter satírico de los personajes adultos y contagia (es una posibilidad) de desfachatez al lector, dotando de un realismo idiota a la madriguera opulenta. Si viviéramos en un lugar normal es una alegoría del desvarío de la pobreza y la impotencia que estira lo cotidiano hasta lo sobrenatural; a diferencia del niño impasible en Fiesta, en la segunda novela, el adolescente protagonista, de estirpe voluntariosa, jalona la historia con una especie de activismo inconsciente y sensible, ampliando espacios y haciendo mundo, logrando el autor Villalobos contundencia psicológica y una mejor capacidad fabuladora (abandona el simplismo creacionista, por ejemplo, el África boba en la Fiesta—por evocaciones ambientales específicas— el rimbombante Olimpo, la procesión religiosa).

Las dos primeras novelas son un momento del autor, la tercera atreve un pie en territorio nuevo. Te vendo un perro comparte el gusto por los detalles de Si viviéramos, aunque aligera el esperpento y se mueve hacia la comedia romántica; la ironía que hace las delicias del snob deviene guasa costumbrista de un tiempo mezclado, entre añoranza y no–lugar, dejando al lector ante la historia y sus efectos, sin el dilema caprichoso de disfrutar, tolerar o aburrirse con los humores de autor. El antagonismo del escritor accidental Teo y la superlectora Francesca, maduros, maliciosos, traviesos y moralistas, ambienta y teje inercias echando mano de personajes necesariamente curiosos.

Los espacios que en la Fiesta y Si viviéramos son escenografías para el gag y en Te vendo, una topología mínima funcional, advienen locación exótica de la frivolidad en No voy a pedirle a nadie que me crea. Barcelona es el soporte de impulsos suspensivos que tienden a una narrativa con abundancia de emociones y aventuras, finalmente descubiertas como vaguedades con mayor o menor fortuna, conjunto que todo el texto no acaba de parir. Retrabaja la idea del escritor por circunstancia e introduce la impostura de la autoficción en clave burlesca, con un Juan Pablo sobreactuado, torpe e inútil, manejable (mangoneable) e imposibilitado, enredado de inicio en una trama criminal inimaginable, de la que no hay superhéroe que sepamos más: “Yo al que conozco es al jefe […], pero de eso no voy a hablarte”.

La novela que le dio el Premio Herralde a Villalobos genera su propia coartada como producto literario frustrado, una historia de autor que deliberadamente empieza tarde y termina a la mitad, una combinación de estilos para situaciones aisladas, un tono de thriller bien extraño y personajes entre la caricatura y el melodrama. El proyecto burlesco de esta cuarta novela acierta en diezmar la piedra preciosa que todo mundo soba: la verosimilitud: “¿Una novela autobiográfica también? Sí, pero no la pudo continuar porque no le pasaba nada”.

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