En la colonia Juárez  de la Ciudad de México, calle Lisboa número 17, edificio que albergaba el departamento de María Collado, se encuentra aún el espacio donde se escondieron durante el mes de diciembre de ese emblemático año Elena Garro y Helena Paz; huían de las amenazas perpetradas por las fuerzas represoras del gobierno tras la matanza de estudiantes en la Plaza de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968.

“Sócrates y los gatos”, la obra teatral “póstuma” como se ha dado en llamar, es el testimonio de aquellos días. Elena Garro la escribió en 1969 y apareció a la luz en 2003, luego de ser resguardada en Argentina.  Con el énfasis en el delineamiento psicológico y simbólico de los personajes, Elena hace patente el problema original, la herida de México: desigualdad social y discriminación racial, el abuso y el odio descendiente de esta mezcla.

La metáfora principal de este texto, anclada en la figura del gato a modo trágico de mecanismo e inevitabilidad terrible, subraya la tortura a la que fuera sometido el líder estudiantil al que hace alusión el título de la obra; tortura para obtener la confesión que habrá de estigmatizar a Elena, que buscará aniquilarla simbólica e históricamente, pero no literariamente, como lo menciona la doctora Patricia Rosas Lopátegui en su descomunal trabajo titulado El asesinato de Elena Garro: Periodismo a través de una perspectiva biográfica, publicado por la Universidad Autónoma de Nuevo León en 2014 en una segunda edición aumentada.

En 2007, en un diario de circulación nacional, la crítica teatral retirada Olga Harmony se lanzó con todo ante la posibilidad del montaje (finalmente no realizado) de la entonces Compañía Nacional de Teatro (la de membrete, como se le llamó años después). Según Harmony, esta pieza de Garro era un enfermizo delirio de la escritora, opinión que lanzó la crítica sin argumento alguno ni investigación respecto a la postura de la autora, lo cual fue tremendamente irresponsable. A la postre, el sustento histórico (que, por supuesto, no se trataba de ninguna locura sino de una persecución) se iría develando en el citado trabajo de la doctora Rosas Lopátegui.

Interesante y conjeturable es pensar además, como paradoja, que casi al final de su carrera como crítica teatral Harmony señaló en uno de sus artículos que no existía en la escena mexicana obra digna de considerarse acerca del movimiento estudiantil de 1968. Lo cierto es que catedráticas universitarias como Gabriela Chavarría Alfaro, entre otras especialistas en el tema, señalan la importancia estilística e histórica que esta obra en particular tiene para la dramaturgia nacional. Tuve en lo personal el privilegio de presentar, como director de escena y productor general, por primera vez en la historia Sócrates y los gatos el día mismo del aniversario número cien del nacimiento de Elena Garro (11 de diciembre de 2016) en el Museo Nacional de Historia Castillo de Chapultepec.  Se presentó entonces una adaptación realizada en complicidad con la primera actriz Margarita Sanz, quien encabezó el reparto a modo de lectura teatralizada.

En Sócrates y los gatos Elena Garro se adscribe como personaje dentro de su propia dramaturgia, en una situación que históricamente tuvo lugar prácticamente a pie juntillas según lo que en la acción de la obra ocurre. En la ficción, es Elena el personaje de nombre Verónica y el personaje llamado Lely su hija Helena Paz, los que fueron asumidos por Margarita Sanz y Paula Watson respectivamente en esta primicia, como definió a esta lectura la biógrafa y agente literaria de Elena, Patricia Rosas Lopátegui, que vio la luz por única vez con un elenco integrado además por otras figuras del cine nacional y amplia trayectoria en teatro:

Paola Medina, Evangelina Martínez, Mercedes Olea y  Héctor Holten, entre otros.

Como he dicho, tuve la oportunidad de explorar situaciones y personajes extraordinarios por terribles, reveladores por lo que históricamente representan, mediante la presentación de una obra que en términos poéticos no dudo en considerar magistral y que abre sin ambages múltiples preguntas, dos en especial que lanzo hoy, a 50 años del movimiento estudiantil de 1968: ¿por qué este testimonio teatral ha sido tan poco difundido?, ¿por qué no hay institución ni productor privado que se arriesgue en esta oportunidad a llevarla a la cartelera hasta sus últimas consecuencias? Sin duda, Sócrates y los gatos debiera llamar la atención como objeto de estudio por lo menos entre las nuevas generaciones de actrices y actores, de dramaturgos y de directores, pero especialmente entre críticos literarios y teatrales, pero al parecer siguen titubeando ante el espejo de verdades históricas que inevitablemente devuelven reflejos.

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