Cuernavaca nos da deleites inesperados. Presenciar la obra de Óscar Flores, Crepúsculo, abismo de luz, con su payaso Fiasco en acción, fue como para un londinense haber asistido a una de las primeras representaciones de Charlot de Charles Chaplin, o, para un francés, a un espectáculo de Marcel Marceau con su mimo, Bip; atravesando todas sus aventuras, alegrías y sinsabores.

El género teatral del monólogo es considerado como el más difícil de representar para un actor. Por ello, tal vez se recuerde más hoy a Carlos Ancira por su trabajo en el monólogo El diario de un loco, de Gogol, que por toda la trayectoria de su brillante carrera teatral.En el caso de esta representación de Crepúsculo, abismo de luz, el trabajo de Óscar Flores no es sólo actoral. También se desempeña como autor y director –lo que para la crítica representa un triple análisis–. Como autor, la historia de esta obra debe remontarse en el tiempo, a un cuarto de siglo, ya que fue durante su beca de dos años en la  Escuela de Jacques Lecoq, en París, cuando comenzó a diseñar su personaje de Fiasco, y a elaborar el presente espectáculo –en ese entonces aún sin palabras–. Posteriormente, hace dieciséis años, durante otra beca, esta vez en México, fue cuando escribió el texto de su monólogo.

El género ha sido definido por su autor como una “tragicomedia romántica”, inspirada en “la exaltación del ánima que maneja Nietzsche.”  Lo interesante es que, a través de esa inspiración, Flores, como autor, redescubre todo el acervo teórico de críticos como el húngaro George Lukács, cuando establece su tipología de la novela realista, instaurando dos categorías principales: aquella en la que el héroe tiene “un alma más ancha que la realidad” y aquella en la que la realidad sobrepasa la anchura del personaje protagónico.

Según Lukács cuando la anchura del personaje sobrepasa la de su mundo externo “se trata de la lucha entre dos mundos, no de la lucha entre la realidad y un a priori abstracto“.Para Flores, esa lucha se establece entre el alma-invención-ficcional que se rebela frente al mundo-verdad, creando un personaje que, al definir su propia alma como “más ancha que la realidad“, la recubre con una capa de romanticismo en simbiosis con la ironía del mundo de la posmodernidad. Esto deviene en un intento de borrar la frontera entre la ficción y la realidad, no tanto a la manera despreocupada de un Woody Allen, sino a la de un Jean Louis Barrault; a saber, más reflexiva.

El texto de Óscar Flores incluye toda una filosofía sobre el teatro y su ficción, ofreciendo su contraparte: el teatro como realidad y no como ficción.

El personaje tiene su propia conciencia y vive independientemente del autor, del texto y de los otros personajes de una obra.  Hamlet es Hamlet no sólo como ente de ficción, sino como ser que siente, que piensa, que intuye, que imagina, fuera de la escena, con una conciencia propia dentro de nuestra propia imaginación. Así Fiasco tiene ilusiones, decepciones, satisfacciones y reacciona a cada una de ellas con ironía y ansias de vivir. Cuando critica los errores de la sociedad, no lo hace desde la pluma del autor, sino desde su propio corazón, porque ha sufrido lo mismo el desprecio que la opresión del autor, lo que recuerda la novela Niebla de Miguel de Unamuno, cuando su personaje, Augusto, se rebela y decide que no va a morir en la ficción, como lo quiere el autor, él va a seguir su propio albedrío, y prefiere suicidarse. Así el Fiasco de Óscar Flores se rebela no sólo contra el autor, Óscar Flores, sino contra los otros personajes que quieren oprimirlo, porque la realidad, como diría Lukács en su Teoría de la novela, el mundo no alcanza a llenar el espacio de su Ser. Así, Fiasco termina descubriendo que la Libertad tiene como cuna el Amor, y por ello es tan difícil el Libre Albedrío.

Como actor, Óscar Flores despliega todo el conocimiento histriónico acumulado a lo largo de su carrera: a la sinceridad en la vivencia del actor, que pedía Stanislavsky en Un actor se prepara, se une el control histriónico que exigía Denis Diderot en su Paradoja del comediante. Cada gesto es preparado minuciosamente, y, al mismo tiempo, sentido vivencialmente en toda su plenitud. ¡Un alarde verdadero de histrionismo! Pero, además de autor y actor, en este espectáculo debe apreciarse a Óscar Flores también como director. Sus recursos escénicos sencillos son también prodigiosos por su efectividad. De la caja-maleta, veliz de mago, surgen los objetos como por arte de magia sorprendiendo al público. Sus acciones de vida cotidiana, como la de soñar despierto, la de preparar unas palomitas en escena y sentarse a comerlas, mirando al público como si éste estuviera formado por los actores, voltea de revés los papeles de “público” y “actor”, haciendo del escenario, la realidad, y de la luneta, la ficción. Tal concepción dramática lo acerca, como director, a Jerzy Grotowski, para quien el teatro no era un fin en sí mismo, sino  “un vehículo, un medio de autoestudio, de autoexploración, una posibilidad de salvación”.Hay otros aspectos que sería preciso analizar, como la mudez de la compañera de Fiasco y su desempeño como representación del revés de la ficción, más que como realidad; también, la concepción escenográfica, la música, el vestuario, la iluminación, elementos todos que confluyen en la excelencia del espectáculo.

En resumen, asistir a este Crepúsculo es una experiencia vital, no sólo estética, que enriquece la visión del mundo del espectador, su capacidad de observación de la realidad y de su propio “Yo”.

¡BREVE TEMPORADA!

Lunes, martes y miércoles a las 8:45pm

Teatro Milán, hasta el 27 de Junio

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