Si a un actor le dijeran que le queda poco tiempo de vida, probablemente se dedicaría a hacer algo totalmente diferente, a explorar nuevos territorios y dejando atrás el ‘qué dirán’; este es el caso de Tom Pain, pero también es el de Luis Arrieta, quienes a lo largo de casi una hora y media se vuelven uno en el monólogo Tom Pain (Basado en nada).

Este personaje, un hombre cuyo aspecto físico se nota descuidado, ‘herido’, con un traje que le queda grande y quien parece haberse dado por vencido, empieza su diálogo con el público algo reacio; incluso, quiere irse de ahí. A continuación, intenta definir la palabra ‘miedo’. Él lee algunas definiciones distintas del diccionario; paralelamente, esto sirve como analogía de cómo una sola palabra tiene significados tan distintos para cada persona…

Más adelante, Tom cuestiona que muchas cosas no dependen de nosotros; por ejemplo, dónde y cómo vamos a morirnos. Lo más probable es que nadie tenga una respuesta certera a estas interrogantes; pero parecería que -aunque nunca lo dice- Tom está haciendo este acto, este ‘número’, como una especie de despedida…

El personaje cuenta luego varias historias: nos hace imaginar a un niño vestido de vaquero a quien le gustan los charcos. Nos habla de los pájaros del cielo que, a diferencia de él, son libres. También nos cuenta de la mascota de este niño; una perrita que tiene un fatídico desenlace. Ese momento, de alguna manera, marca el fin de su niñez.

Cuando Tom le lanza a la audiencia justo esta pregunta (que también es parte de la campaña de publicidad): ¿cuándo se te acabó la niñez?, los asistentes pueden emprender un viaje en paralelo al del personaje. Cada uno podría recordar un momento distinto: la pérdida de un ser querido, que nos rompan el corazón, tener que volvernos autosuficientes…

Este es otro de los grandes atributos de la obra de Will Eno, el invitar a la audiencia a hacer su propio viaje; a la infancia, a la juventud, a un amor del pasado. Porque aun cuando parecería que Tom no ha tenido muchos momentos felices a lo largo de su vida; acumuló un puñado al lado de una mujer que fue su pareja.

“Fuimos realmente compatibles por un rato. Con el pene y la vagina. Comiendo, durmiendo, abrazándonos”, recuerda.

Mediante este viaje a sus recuerdos, Tom nos hace transitar hacia los propios; hacia nuestras propias cicatrices. A esos huecos que tuvimos en el cuerpo, o huecos que nos quedaron en el alma.

Acompañado únicamente de un músico con el que tiene algunas breves intervenciones, además de ocasionales aproximaciones al público, Tom continúa su acto; probablemente, el último performance de su vida. A la par, en cada diálogo, movimiento, o mirada, Arrieta muestra facetas totalmente distintas a lo que se le ha visto a través de más de 15 años de trayectoria.

“Nunca la voy a volver a ver flotando en un inflable de alberca”, dice en otro momento. Es una oración sencilla, pero profundamente nostálgica. ¿Qué aspectos de aquellos que ya no están con nosotros seguiremos extrañando? ¿La forma en la que masticaban, cómo reían, cómo nos llenaban?

“Si te quedara un solo día para vivir, ¿qué harías?”, cuestiona Tom, “eso es fácil, serías valiente, honesto y osado”.

Tom admite que todo lo hizo siempre con miedo; y al reflejarnos en él, es preciso hacernos exactamente la misma pregunta. ¿Seguimos actuando desde el miedo? Porque una vez superado éste; siendo valientes, realmente podríamos ser más felices.

Este monólogo recuerda así una de las principales ‘magias’ del teatro: lograr trasladarnos a la piel de esos personajes que están sobre un escenario. Tom podría ser cualquiera; por supuesto, podríamos ser nosotros.

Pero si realmente fuéramos como Tom, si de verdad estuviéramos en su piel, habría que aprender de él: a no temerle al ridículo, a atesorar con una sonrisa los recuerdos; atrevernos a amar sin importar cuántas veces nos hayan roto el corazón. Ser más valientes, mejores. No sabemos cuánto vaya a durar Tom -tampoco nosotros-, pero tenemos una sólo vida para aventurarnos…

 

 

 

 

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