Cuando se habla de violencia lo primero que nos viene a la mente es una imagen abarrotada de brutalidad y crimen así como lo dice en un concepto más amplio la Organización Mundial de la Salud. Sin embargo, la violencia tiene diferentes rostros: no es sólo la agresión exacerbada que deja severas lesiones físicas; es también el maltrato psicológico en un claro abuso emocional que toca suave y lentamente para subyugar la personalidad de un individuo hasta transformarlo; y de acuerdo con los datos del análisis estadístico de victimización del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), los primeros en ejercer violencia sobre los menores son los familiares.

Escrita, dirigida e interpretada por la artista multidisciplinaria Itzhel Razo, Wilma es una obra unipersonal que presenta – a partir de un discurso narrativo performático – los hechos reales de una parte de la infancia de su creadora en su natal Yucatán.

Es la analogía que hay con el huracán Wilma (un fenómeno causado por el cambio climático que causó estragos en el año 2005 al sureste de la península) y la figura emblemática de una mujer (su abuela) que influyó profundamente en su vida. Es el estilo artístico y dramatúrgico de la autora en el análisis de lo personal con una proyección hacia lo social lo que dará continuidad a su obra artística en futuras presentaciones.

La creación de la pieza surge a partir de una postura honesta en una especie de autoafirmación, son los valores expuestos de lo que antes difícilmente se hablaba, sobre todo en aquellas sociedades que manejan una doble moral. Es el pensamiento de una mujer inmersa para generar conciencia sobre lo que significa ser mujer y ser hombre en la actualidad, romper el yugo, romper los dogmas de las sociedades pragmáticas en relación con la identidad y la sexualidad entre otras temáticas.

¿Cuál es la respuesta para identificar a las fuerzas destructivas? Es la postura ante un análisis complejo sobre lo que realmente somos y de las consecuencias de nuestro comportamiento, la pieza lo coloca y lo expone artísticamente para que el público haga su propia evaluación. ¿El racismo y el clasismo impuesto como una forma de vida? No acaso es que destruye a prontitud la belleza de la condición humana una situación así. Una sociedad generalizada en ese sentido que provoca la destrucción total en una analogía como lo fue el huracán Wilma: reiterar “la destrucción total” en una especie de tragedia social de una aporofobia provocada por el mismo sistema y con una educación censurada que asfixia. La catástrofe natural convertida en la catástrofe social representada en una niña yucateca sometida por una educación absolutamente clasista.

“Los huracanes reciben siempre nombres de personas; los nombres de los más destructivos se retiran de los registros históricos de la misma manera que nosotros borramos de nuestra memoria los nombres de  personas que nos causaron un daño irreparable”, comenta la autora.

Incisiones para la construcción de un personaje

La puesta escénica conecta con la mística y la importancia del rescate de las grandes culturas precolombinas como lo fue la Maya, una de las seis cunas de la civilización en el mundo y que conecta con otras místicas como la danza asiática, la danza de Indonesia y las danzas tradicionales Minangkabau como la última gran sociedad matriarca.

La fusión de conocimientos místicos y dancísticos adquiridos por la autora de estas culturas, las resume en el escenario con un cuerpo en movimiento más hacia lo ritual y biológico en el estudio de la percepción de un esquema entre lo corporal y el equilibrio en la acción de su propio peso involucrado para convertirlo en energía, (la representación). Lo que corresponde a la parte teatral es el aprendizaje en un sentido cinestésico-corporal para proyectar las diferentes emociones y así ambas reivindicar la imagen del personaje, un matriarcado marcado por amor y odio e intervenido por la tragedia; es la construcción temática a través de la introspección que es la personal.

“Es curioso como una persona puede influir tanto en la vida de la otra… tanto… que pueda definir su propio destino”. Una línea como parte del discurso del texto.

Un Biodrama convertido en auto-ficción donde la autora se compromete más en la construcción del personaje y que los elementos escénicos tengan menos peso y que acompañen a la acción dramática como representación de los acontecimientos de ambas tragedias y así meter al espectador a una ficción… Es la búsqueda como expresión artística. Una pieza a flor de piel que provoca la tensión y la conciencia del cuerpo interpretativo, en consecuencia, de las temáticas que afectan a la conducta humana en una responsabilidad artística y evolutiva que expone al artista en la transformación del pensamiento para interpretar los signos manifestados y romper con la convención teatral de lo que el personaje propone en una naturalidad de su propia existencia y confrontación con su pasado.

Una historia como pretexto para hablar de algo más: la conciencia, los actos, el pensamiento como consecuencia de las acciones que marcan y transforman porque es hablar de una mujer… de muchas… bajo un mismo contexto que es la búsqueda de la libertad y la igualdad en la universalidad como seres humanos que es cobijada por el rocío y un camino al amanecer. Esto último, es el significado de Itzel nombre de niña de origen maya, sin embargo, se confronta con el cruce de una onomatopeya del nombre de la autora como se le fue asignado Itz(h)el: It’s hell… Es Infierno. Lo exponencial de las nuevas teatralidades en una actualidad contemporánea.

Compañía Portateatro. Escrita, dirigida e interpretada por Itzhel Rizo. Asesoría en dirección: Luis Alcocer. Asesoría de puesta en escena: Manuel Domínguez. Música y diseño sonoro: Rodrigo Castillo Filomarino (Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte/Fonca).

Para horarios, costos y mayor información de la obra, consulta aquí

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