Hola, navegantes. Un placer reencontrarnos.

La vez pasada intitulé esta columna como la “Parte I” de este número, en donde continuaremos abordando la delicia de otra de las vías entrañables —de entrañas— de la Ciudad de México. Me refiero a la calle de Tacuba, la que dicen que es probablemente la vía más antigua de América. Ahora iremos desde espaldas de la Catedral Metropolitana hasta la iglesia de San Hipólito (mejor y erróneamente conocida como “de San Judas Tadeo”), siempre hacia el poniente.

De nuevo, la Historia, las historias, los estímulos y los hechos que aquí sucedieron se agolpan en estampida. Es muy difícil desenmarañarlos. Sólo recordar que la antigua calzada México-Tacuba unía el centro ceremonial de México Tenochtitlan, capital imperial mexica, con el pueblo y señorío de Tacuba, ya en tierra firme. Estos puntos se unían mediante una calzada que iba levantada unos metros sobre el agua, la calzada México-Tacuba. ¡Comenzamos!

Ya en el siglo XVI, a la llegada de los españoles, esta fue su vía de escape en la llamada “Noche Triste”, en donde Cortés lloró su derrota por la importante merma de su ejército a manos de los mexicas. Sin embargo, la supremacía militar española sonrió con una irónica mueca el 13 de agosto, de 1521, cuando después de un terrible sitio de meses, mortandad, hedores y putrefacción, la “Venecia de América”, México Tenochtitlan cayó. La metrópoli se refundó como la Ciudad de México, “la gran México”, capital que sería de la Nueva España, “muy grandiosa y muy señora que lo fue y lo será de aquí en adelante”, según comenta Cortés en sus cartas de relación al rey Carlos I de España, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

Casi sobre esta vía, se construyó la primitiva Catedral de México, orientada este-oeste, demolida poco tiempo después para iniciar con la construcción de la actual en 1573. Las escaleras que había que subir por el desnivel que representaba la superposición del templo sobre estructuras prehispánicas dio origen al nombre de “Escalerillas” a este tramo de la calle, hoy República de Guatemala. Ahí es posible encontrar muy contundentemente de nuevo la presencia de España a través de su “Casa de España”, que ofrece actividades culturales en un edificio mitad virreinal, mitad estridentemente contemporáneo, sobre vestigios prehispánicos que es posible visitar. Entre artículos religiosos, música de mariachi a todo volumen —que siempre se me antoja grabada en cassette—, hostales y “cantos de sirenas”, si nos movemos más hacia el poniente, nos encontramos ya en la actual calle de Tacuba, que en el México virreinal y hasta el siglo XIX se iba llamando de diferentes maneras según su principal hito: Santa Clara, San Andrés, La Mariscala, San Juan de Dios, Portillo de San Diego, San Hipólito.

Con un rapidísimo repaso a “ojo de pájaro” de algunos elementos relevantes, encontramos, en Tacuba esquina con República de Chile, una imponente casona señorial, muy parecida a los palacios aristocráticos que mandaba construir la élite novohispana en el siglo XVIII. Ahí habitó la que fuera “la última virreina” de la Nueva España, viuda de Don Juan O’Donojú. La señora murió en la indigencia, la pobre, después de una serie de malabares y eventos desafortunados. Para levantar los ánimos, más adelante, los olores de las perfumerías llenan de dulces fragancias las calles, en medio de gritos y un movimiento febril de la gente entrando y saliendo del Metro Allende. Ahí está lo poco que queda del gran convento de Santa Clara, una iglesia mutilada que funciona hoy como biblioteca del Congreso de la Unión; enfrente, el famoso Café de Tacuba (sus meseras con moñotes no son siempre amables, pero las enchiladas Tacuba son una de las máximas exquisiteces de la Ciudad). El MIDE, museo interactivo en el rescatado exhospital de los Betlemitas, y el Museo del Ejército en lo que fue su iglesia. La Plaza Tolsá es punto y aparte. Ahí están el Museo Nacional de Arte, el recién restaurado y prístino Caballito, monumento ecuestre en donde parece que el caballo es más importante que la persona que lo monta, el rey Carlos IV de España, quien, por cierto, “sacó el cobre” (literal) en una desastrosa intervención que le hicieron en 2013. El Palacio de Minería, el Museo Nacional de Arte, el Edifico de Correos. Hasta aquí la dejo: ya me dio hambre y sed (¡oh, no pude llegar hasta San Hipólito!). Para calmar mi ansia de militancia, descansaré en alguna de las agradables terrazas de la Plaza Tolsá, con una de las vistas más monumentales y hermosas de la otrora “Ciudad de los Palacios”.

Les había dicho que en septiembre, a través de “Ciudad y Patrimonio” (www.ciudadypatrimonio.com; contacto@ciudadypatrimonio.com), impartiría un recorrido por la calle de Moneda, aprovechando su ambiente patrio y festivo. Bien, mentí (sin querer). Escapando del hormigueo sin final y de la vibrante vitalidad de las varias urbes superpuestas del Centro, el 24 de septiembre recorreremos el “Barrio de Chimalistac y la mística de un huerto carmelita” (algo más light) para ver cómo en medio de antiguos ríos, puentes de piedra, ermitas y perales, se desenvolvían las oraciones y cantos de los frailes que hicieron famoso al colegio de San Ángel. Hoy por hoy, Chimalistac es hoy en día uno de los más disfrutables enclaves históricos del sur de la gran capital que se niega a cambiar su fisonomía y a perder sus rasgos. Esperemos no llueva a cántaros y de ser así, lleven sus “flotis”.

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