Pasear por esta maravillosa hacienda evoca una libertad inimaginable y un sentimiento de unión con la naturaleza.

Ubicada en el kilometro 4.5 de la carretera México – Puebla, esta bella construcción que data del siglo XVI, se ha convertido en uno de los atractivos turísticos con mayor relevancia en el estado.La singularidad de este sitio, es que es posible apreciar cristalinos manantiales, beber agua pura, pasear por un frondoso bosque y admirar uno de los pocos castillos que existen en nuestro país; todo en un mismo lugar.

El recorrido comienza en el casco de la antigua hacienda; ahora convertido, en parte, en las instalaciones de un prestigioso hotel, donde es posible pasar algunos días para disfrutar al máximo del sitio.La recomendación, es contratar a uno de los tantos guías locales certificados, que se localizan a la entrada del parque recreativo, ya que, el sitio es pleno de tradiciones y leyendas que vale la pena conocer y nadie mejor que ellos para contarlas.

La caminata continúa por la zona de los manantiales, cuya entrada es la parte más antigua de la construcción, donde todavía es posible ver los restos de la hacienda original que data de 1559.Para adentrarse en los manantiales, primero se debe atravesar parte de un frondoso bosque, donde los enormes árboles caídos, por los fuertes vientos que azotan en ocasiones el lugar, impresionan a cualquiera.

El siguiente punto, es la entrada hacia los manantiales, donde un camino de madera recibe a los visitantes y los mantiene secos, y seguros, mientras recorren los diversos puntos del mismo.Ahí, las sorpresas no paran, pues las cristalinas aguas que circulan bajo los pies de los turistas, invitan a descansar un rato e incluso a atreverse a tomar un trago del vital liquido; eso si, sin molestar a las truchas, tranquilas moradoras del lugar.

Para aquellos que gustan de las aventuras extremas, el parque ofrece una variada gama de actividades que incluye tirolesa, renta de bicicletas, lanchas y cabañas, además de una zona de campamento.La travesía persiste en el último, pero no menos impresionante, punto del circuito; el denominado Castillo de Gillow, construido en 1898 por el joyero inglés Tomás Gillow, a la usanza inglesa.

Esta construcción, se clasifica como uno de los pocos castillos construidos en México y aunque en su interior no guarda ningún objeto relevante; para los amantes de la fotografía, vale la pena la espera de por lo menos 30 minutos y un gran tramo de escaleras para posarse en su mirador.Desde ahí, se puede observar todo el parque recreativo, así como la inmensidad del lago y sus bellos islotes que han servido de escenario lo mismo para películas, comerciales, que para videoclips.

Para terminar, no puede faltar una muestra de la gastronomía poblana, que se pueden degustar tanto en los múltiples puestos de antojitos en la zona de comida del parque, como en el pequeño restaurante ubicado a la orilla del lago.Sin duda, este lugar es único en su tipo y será toda una aventura disfrutar de sus atractivos que se encuentran a sólo 120 minutos de la Ciudad de México.

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