¡Qué llover! Aquel día, el cielo se cayó y esta metrópoli volvió a ser anfibia, “la Venecia de América”. Y es que la Ciudad de México tiene un pasado acuático del que nunca terminará de deshacerse y, ¡claro!, se transforma en lago, desde las tierras bajas de Chalco hasta las “tierras altas” de Polanco. Ese día, la furia de Tláloc cayó sobre territorios que aún reclama como suyos, o quizá lloraba por su imperio perdido. Lo cierto es que yo iba al Museo Nacional de San Carlos (cuya sede es el antiguo Palacio de Buenavista) y me encontraba entre dos paseos señoriales (Bucareli y Reforma); ¿la parte menos romántica?: se estaban haciendo charcos por todos lados. Yo estaba atorado en un semáforo burlón que cambiaba de verde a rojo y de rojo a verde, sin que yo me moviera un ápice, en un gesto que me parecía cruel.

Foto: By Opheliarossetti – Own work, CC BY-SA 3.0

Por fin llegué, y las rejas traseras del Museo de San Carlos se me abrieron. Me sentí entrando en humilde trajinera a un opulento palacio, sensación por demás extraña; no es para menos: bajo la lluvia, e iluminado con luces ámbar, el patio oval del monumental edificio lucía imponente. Se me figuraba ver en sus pasillos a Tolsá, al fantasma del desgraciado Conde de Buenavista, a Maximiliano, a la Marquesa de Calderón de la Barca… Ahí asistí a la inauguración de la exposición Del Pontormo al Murillo, todo un éxito. Con obras propias de su colección y otras más traídas de otros recintos y galerías de todo el mundo, la muestra es, por decir lo menos, suculenta.

Esa misma noche asistí con un pequeño, pero divertido grupo de amigos, a la inauguración de la exhibición Pinxit Mexici en el barroco Palacio de Iturbide. Al llegar a la calle de Madero, antigua de San Francisco, todo marcaba su carácter teatral: escenario del teatro barroco de la antigua Ciudad de los Palacios. Madero, su mejor aparador. No pude menos que pensar en 1629, cuando llovió tanto y tanto, que los diques que rodeaban a la capital se rompieron, las aguas del lago subieron y, de hecho, estuvo a punto de desaparecer. La tragedia duró hasta 1634, y la metrópoli, como ave fénix, surgió no de las cenizas que dejó el fuego, sino del agua, su contrincante.

Foto: de Thelmadatter – Trabajo propio, Dominio público

El Palacio de Iturbide, con su patio esbelto, elegantísimo, que fuera de la hija de los condes de San Mateo de Valparaíso y su vividor marido, se engalanaba esa noche con las más hermosas muestras de los pinceles novohispanos. Criollo como la aristocracia que lo habitara, volvía a ser el depositario de las muestras más exquisitas de obras de arte producidas en estas tierras.

Dos palacios, de los cerca de 31 que tanto maravillaron a Charles Latrobe y que ganaran para la actual Ciudad de México el mote de “Ciudad de los Palacios”, dos exposiciones, y dos realidades: la de la opulencia barroca y la realidad en una Nueva España infinita e indefinidamente rica, Iturbide,  a la sobriedad neoclásica del Palacio de Buenavista, nacido en el ocaso de una era, cuando a este virreinato ya le estorbaba el nombre.

Al fin, dos mentalidades y formas de ver el mundo que se reflejan en lo artístico y espacial de manera  patente. Curiosamente, en San Carlos, la mayoría de lo que se verá en la nueva exhibición serán magníficos ejemplos de pintura española. No olvidemos que en el Palacio de Iturbide, tras nuestra separación de España, vivió Agustín I de Iturbide, militar criollo y primer emperador de México (antes de que el pobre fuera fusilado). Ironías de la vida con las que uno se topa. Sin más, asumamos nuestro espíritu crítico y visitemos las dos maravillosas exposiciones, buenas muestras del genio creativo del hombre en dos realidades históricas y geográficas paralelas y complementarias a la vez.

El 13 de agosto se conmemora la caída de Tenochtitlán y el surgimiento de la mestiza capital del país; ese día también se festeja a San Hipólito, patrono de la metrópoli, cuya iglesia se encuentra en un tramo de la antigua calzada de Tacuba, testigo de la noche en que el extremeño Hernán Cortés lloró su derrota. En memoria de su refundación, el siguiente recorrido de Ciudad y patrimonio será el próximo 13 de agosto a través de un tramo de la antedicha calzada, icónico espacio de la memoria y articulador de nuestras raíces. Volveremos a codearnos igual con Moctezuma que con Cortés; casi escucharemos a Porfirio Díaz charlando con Tolsá y con el Virrey de Velasco. Ese día, quizá el antiguo dios mexica del agua llore al imperio que perdió en 1521 y nos convirtamos de nuevo en “navegantes” en el sentido literal de la palabra. Espero que no… todo se ve más bonito bajo el sol, ¿no? Al final, yo creo que después de tantos siglos, Tláloc y San Hipólito ya deberían de ser amigos.

 * El Museo Nacional de San Carlos tiene su sede en el antiguo Palacio de Buenavista, obra del valenciano Manuel Tolsá. El día de hoy alberga la mejor colección de pintura europea fuera de Europa y se engalana para presentar la espectacular exposición “Del Pontormo a Murillo”.

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