Es que ya era hora. Siempre he hablado y hablaré hasta que muera de manera profusa de la Ciudad de México.  Era inconcebible para mí que no hubiera un lugar digno que hablara sobre la historia de la Ciudad, su evolución, su grandeza y sus excesos. En ocho siglos, mucho pasa. A la Ciudad de México le ha tocado ver visiones y ser visionaria, ha sido capital imperial al menos un par de veces, vio el derramamiento de sangre en sus sacrificios humanos, en la lucha entre indios y españoles, vio el choque de los dioses de piedra con los santos de madera, fue una ciudad en medio de un lago, una urbe anfibia que rivalizaba con las ciudades de toda América, la joya más preciada de la corona en el Nuevo Mundo, la aristocrática y aspiracional y europeizante ciudad porfiriana, la ciudad de las vanguardias, del muralismo, de Tlatelolco, de una universidad sobre lava, la ciudad de la que se escribió una y otra vez, la que creció tanto y tan deformemente en el siglo XX que quedó irreconocible.

La Ciudad del siglo XVI fue parida de forma violenta: habrá que imaginar ese crucial e incómodo encuentro entre Moctezuma y Cortés en la calzada de Iztapalapa, y lo que pasó después. Pocos años más adelante, en ese mismo sitio del mestizaje se alzó un hospital para atender las dolencias del cuerpo y del alma; el primer nosocomio de la América continental, y en cuya iglesia, después de malabar y medio reposarían los restos del conquistador. Decía Cortés a su rey, el emperador Carlos V en sus Cartas de Relación, que la Ciudad de México era “muy bella y muy señora principal (…) y que como lo es ahora lo será en adelante”. Y no se equivocó. A la gran señora maltrecha la disfrutamos y la padecemos todos.

Y para recordarnos el surgimiento de nuestra ciudad, de nuestra sociedad y de nuestro país, inmensamente rico e inmensamente mestizo, un soberbio edificio civil del siglo XVIII, se alza en contraesquina de la iglesia del Hospital, en la actual calle de Pino Suárez, que no es otra que la antigua calzada de Iztapalapa. El edificio es un elegante palacio urbano que sirvió de morada a la familia de los Condes de Santiago de Calimaya y sus descendientes hasta el siglo XX (sí, XX). Tiene en la equina que hace con República de El Salvador, a nivel del suelo una amenazante “antigüedad mexicana” de piedra de recinto: las fauces de una serpiente mexica que se colocó ahí de manera decorativa, casi como curiosidad. El simbolismo es claro: sirvió de “cimentación” para lo que vino los siguientes 300 años después de 1521 y lo que sigue siendo México como país hasta la fecha. Sus gárgolas en forma de cañón, su fuente que representa a una nereida, su balcón de honor, sus escudos, todo es evocador. Lo es también su revestimiento de tezontle color sangre piel protectora de espuma de lava, femenina y viril a la vez.

Esta genial obra del arquitecto Guerrero y Torres, se insertaba en la elegante traza reticular de la Ciudad de los Palacios, donde llegó a haber en la máxima apogeo del periodo virreinal, cerca de 31 de ellos, habitados en su mayoría por una opulenta aristocracia criolla que gravitaba en torno a los virreyes traídos por el mar. Esta ecléctica élite criolla era amante por igual de las corridas de toros, que de las fiestas populares en San Agustín de las Cuevas, era admiradora y consumista de los productos orientales, de tibores, biombos y vajillas de China, de sedas filipinas, de muebles de taracea de Michoacán y Puebla, de Cristos de marfil, imágenes de santos y vírgenes de madera estofada y policromada, de abanicos, plumas, perlas, plata… Hoy, por fortuna, por fin y porque así se lo merece nuestra Ciudad, en el Palacio de los Condes de Santiago de Calimaya, actual Museo de la Ciudad de México, se exhibe una soberbia muestra temporal “La Ciudad de México en el Arte. Travesía de ocho siglos” que muestra eso, a esta inabarcable urbe a través de piezas bellísimas e inéditas, provenientes de colecciones particulares y públicas de España y México: hay mapas, cuadros, grabados, monedas, orfebrería, esculturas, pendones, arte contemporáneo, fotografía, maquetas, escultura. Todo bajo un discurso secuencial amigable y bien documentado. En mis 33 años de vida, mis ojos no se habían regodeado en nada similar. La exposición termina oficialmente el 01 de abril.

Ciudad y Patrimonio ( FB Ciudad y Patrimonio; www.ciudadypatrimonio.com; contacto@ciudadypatrimonio.com ) anuncia su próximo recorrido “Palacios de la Ciudad de los Palacios”, el domingo 25 de marzo a las 10 hrs. Recorreremos del emblemático Palacio de los Azulejos un sabroso camino jalonado de palacios barrocos –de lo mejor arquitectura civil novohispana- entre la antigua calle de San Francisco y el Palacio de los Condes de Santiago de Calimaya, justamente. Historia, arquitectura y leyendas. Nos espera Don Juan Manuel, nos espera Hernán Cortés, nos espera Iturbide, nos espera el arte, un encuentro con nosotros, con piedras vivas y con una Historia de historias que no dejará de reescribirse en los siglos venideros. ¡Vaya que la ciudad es muy señora principal y creo que le gusta que sigan pensando eso! El escenario de este teatro barroco: la Ciudad misma.

 

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